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PANAMERICANISMO”. 


GEORGES BER 


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NANOS: “EN LA AMISTAD DETfON BLOY” 


RICARDO KREBS: "1648. 


HISTORICA”. 


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Santiago de Chile DICIEMBRE DE 1948 















ESTUDIOS 

Mevisuario de Cultura ifknerd 


* 

Director: 'i 

JAIME EYZAGU1RRE 

Casilla 133711 
Santiago de Chile 

SUSCRIPCION A2GJAL EN: SSL PAIS . $ ISO.-— 

” ” ” * EXTRANJERO .. Dolares 3.— 

NUMERO SUELTO. $ 15.— 

” ATRASADO .. 20.— 


AÑO XVI N 9 190 


DICIEMBRE DE 1948 



A LA HORA DE ONCE 

ENCONTRARA UD. UN AMBIENTE TRANQUILO Y 

AGRADABLE EN 

“LA NOVIA" 

HUERFANOS KSQ. BB AHUMABA 













"EN TORNO AL PANAMERICANISMO", 
por Gonzalo Vial Correa, pág. 3. — "EN LA 
AMISTAD DE LEON BLOY”, por Georges Ber- 
nanos, pág. 36. — 44 1648, UNA CRISIS HISTO¬ 
RICA”, por Ricardo Krebs, pág. 50. 




N 9 190 


DICIEMBRE DE 1948 






NOVEDADES EDITORIALES 1949 


LOS PINOHEIRA. Magdalena Petit (Biblioteca de “Escritores 
Chilenos”). El más fiel y atrayente relato histórico-novelesco so¬ 
bre los famosos bandidos, cuyas aventuras y fechorías tuvieron 
gran repercusión en la vida de Chile en el primer período de 
su Independencia. Libro extraordinariamente ameno y vivaz, que 
conquistará de nuevo el favor del público y la crítica. 

Edición en rústica, con sobrecubierta a colores (238 págs), $ 60. 

EL CAUTIVERIO FELIZ DE PINEDA BASCULAN. Angel 
Custodio González (Biblioteca de “Escritores Chilenos'’)'. 

Las interesantísimas memorias del primer escritor colonial de 
Chile, prisionero de los aruacanos. Batallas, amores, sufrimientos, 
libertad; son eslabones de la agitada vida del singular personaje. 
Libro que hará sensación tanto por la sabrosa lectura de sus 
440 páginas como por ser uno de los primeros ecos de la “Arau¬ 
cana” en la literatura criolla. Se incluye en la obra un Vocabula¬ 
rio de voces mapuches. 

Edición en rústica con sobrecubierta a colores: $ 120. 

EL ROSTRlO VERDE. Gustav Meyrink (Biblioteca de Novelis¬ 
tas). 

Novela de trama esotérica y poderosamente sugestiva, a través 
de cuyas páginas va descubriéndose un mundo maravilloso de fan¬ 
tasía y misterio, que atrapa fuertemente la atención y que, en 
muchas ocasiones estremecerá profundamente el espíritu del lec¬ 
tor. Está considerada como una de las mejores obras del célebre 
escritor austríaco. 

***** 

Edición en rústica con sobrecubierta a colores, clara tipografía: 
$ 70. 

EL RUISEÑOR Y LA ROSA. Oscar Wildc (Biblioteca “Zig- 
Zag”, N 9 75; serie roja). 

Dentro de Ja variada producción literaria de Wilde, uno de sus 
mayores aciertos, la obra en que dió lo más exquisito y seguro 
de su sensibilidad de poeta, fueron estos cuentos, donde la be¬ 
lleza del motivo se une a tal maestría de expresión artística, que 
forman un conjunto de breves obras maestras. 

Edición en formato de bolsillo con sobrecubierta a colores, clara 
tipografía: $ 20. 

En" venta en todas las buenas librerías 


EMPRESA EDITORA ZIG ZAG, S. A 

Casilla ,84 D Santiago de Chile 






















EN TORNO AL PANAMERICANISMO 


1. Definición. 

Es curioso, que sean muchos los autores preocupados 
por el Panamericanismo —ya para alabarlo, ya para de¬ 
nigrarlo—, pero que ninguno diga, breve y precisamente, 
lo que entiende por esta palabra. 

Hubert Herrigan — un norteamericano— entiende por 
Panamericanismo, “un «término comercial, acuñado en los 
'Estados Unidos... Significa comprar de nosotros. Por 
otra parte, significa no 'comprar de Inglaterra... Pro¬ 
clama que los que viven en este Hemisferio, -deben amar¬ 
se mutuamente, y comprarse los artículos entre sí... Se 
utiliza libremente —en los banquetes para argentinos 
y peruanos visitantes, banquetes auspiciados por geren¬ 
tes comerciales de las compañías de cables, intereses na¬ 
vieros, y firmas automovilísticas— las 21 banderas de las 
repúblicas libres y más o menos soberanas de América, 
entrelazadas en la mesa del orador, y varios discursos en 
que los nombres de Bolívar y George Washington se jun¬ 
tan graciosamente... para mantener brillante el artículo 
de fe panamericano en el alma de varios cientos de neo¬ 
yorquinos, que tienen artículos que vender en la Ame¬ 
ricana Latina... (1)”. Esto es pintoresco; probablemen¬ 
te, sea verdad; pero —en todo caso— no es preciso. 

Don Antonio Huneeus, en su obra “Hueva Paz: Impe¬ 
rialismo o Democracia”, tiene un arrebato lírico al tra¬ 
tar esta materia, y exclama: “He aquí el Panamericanis¬ 
mo: conjunto de.ideales en que las (Repúblicas de Amé¬ 
rica Latina y los Estados Unidos se ha concertado du¬ 
rante los últimos cincuenta años, para reasegurarnos a los 


(1) Carleton Beals : “América ante América”, Pág. 436. 







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GONZALO VIAL CORREA 


Centro y Sudamericanos nuestra fraternidad de origen, 
y a todos, a los tres continentes de América Latina y 
Sajona, efectiva y fiel democracia internacional; idea¬ 
les que a nadie amenazan, y que hemos declarado y pro¬ 
fesamos ante el mundo... (2)”. Se comprende que idea¬ 
les tan vagos y poco compromitentes como “fraternidad 
de origen”, y “fiel y efectiva democracia internacional”, 
no amenacen a nadie: cada cual los interpreta a su ma¬ 
nera, y, en último término, no conduce a ninguna parte. 

Hemos tenido que acudir a los Diccionarios, en busca 
de algo más preciso. El “Espasa” define Panamericanismo 
como sigue: “Sistema Político Internacional, consistente 
en atribuir a América, geográfica y totalmente consi¬ 
derada, la gestión de los intereses americanos, con ex¬ 
clusión completa de la que, tal vez, pudieran intentar 
respecto a esos intereses, otros pueblos, especialmente 
de Europa... (3)”. Como se ve, el “Espasa” simplifica 
demasiado las cosas, reduciendo el Panamericanismo, a 
la expresión popular de la “Doctrina Monroe”: “América 
para los Americanos”. 

La “Enciclopedia Británica”, dice: “El propósito bᬠ
sico de la Unión Panamericana, es desarrollar una ma¬ 
yor unión comercial y cultural entre las Repúblicas del 
Continente Americano, y promover la cooperación in¬ 
ternacional en todos los aspectos posibles (4)”. Tal de¬ 
finición —más completa, sin duda, que la anterior— no 
considera, sin embargo, el problema fundamental enfo¬ 
cado por ésta. Por ello, hemos tratado de reunir ambas 
en una. 

Definiremos, pues, el Panamericanismo, como “la ac¬ 
ción exclusiva, conjunta, solidaria y democrática, de las 


(2) Antonio Huneeus: “Nueva Paz: Imperialismo o Democra* 
cia”. pág. 231. 

(3) Enciclopedia Espasa. Vol. 41. Pág. 700. 

(4) Enciclopedia Británica. Vol. 17. Pag. 179. 








EN TORNO AL PANAMERICANISMO 


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«Repúblicas Americanas, en la solución de sus problemas 
culturales, comerciales e internacionales 1 ”. 

Esta acción, es exclusiva, porque las Naciones de Amé¬ 
rica deben resolver sus problemas, sin ingeremias de 
otros países o continentes; conjuntas, porque las Naciones 
de América deben actuar en bloque, no aisladamente; 
solidaria, porque las Naciones de América se amparan y 
defienden mutuamente en las decisiones comunes y — 
por fin— democrática, porque' las Naciones de América 
—dentro de la Organización Panamericana— son igua¬ 
les; no hay naciones privilegiadas: cada una, tiene un 
voto. Todo esto, claro está, en teoría... 

Partiendo de esta definición, examinaremos la conve¬ 
niencia o inconveniencia del Panamericanismo. 

2 . Bases de Unión. 

Cualquiera Unión de Naciones, debe descansar sobre 
ciertas afinidades de sus componentes. 

Estas afinidades —o .características comunes— no pue¬ 
den ser exclusivamente geográficas y económicas; sobro 
todo, si la Unión de Naciones tiene un propósito cultu¬ 
ral o internacional, un propósito extra-mercantil. La im¬ 
portancia de una nación, no puede apreciarse en fun¬ 
ción de su riqueza, sino que debe juzgarse por su acer¬ 
vo cultural y espiritual: por su Arte, por su Religión, 
por su Lengua, por su Instrucción, por su Sentido Polí¬ 
tico y Social. Es innegable la gran importancia de lo 
económico, pero no debemos exagerar esta importancia. 
Hacerlo, sería caer en el mismo error del Marxismo; se¬ 
ría Materialismo puro. Una Organización de Naciones, 
cimentada sólo en conveniencias económicas, conduce al 
vasallaje del pueblo -menos fuerte y menos rico, por el 
pueblo más rico y más fuerte. 

Establecido lo anterior, podremos sacar una consecuen¬ 
cia inmediata: una Unión de Pueblos, exclusivamente 



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GONZALO VIAL CORREA 


mercantil o geográfica, no es, ni una solución ideal y 
■definitiva; ni —siquiera— una solución buena: está des¬ 
tinada a caer indefectiblemente, o a convertirse —a 
corto plazo— en un protectorado. 

En nuestro examen del Panamericanismo, vamos a 
aceptar sin discusión —aunque haya base sobrada para¬ 
dla— que geográfica y económicamente dicho sistema 
nos conviene. Pero vamos, también, a señalar las dife¬ 
rencias hondísimas que, a nuestro juicio, nos separan 
de los Estados Unidos, y hacen imposible llevar la co¬ 
operación, a otro campo que no sea el económico. No 
queremos con esto, decir que nuestro deber es ser hos¬ 
tiles a los Estados Unidos; pero hay mucha diferencia 
entre las relaciones corteses y amistosas con todos los 
países del mundo, y la íntima y total compenetración de 
ideales y objetivos, que significa una Unión de Naciones. 

Procedamos, pues, & establecer una comparación, en¬ 
tre la América Hispana y la América Sajona. 

<3. Ingleses y Españoles en América. Antagonismo Cul¬ 
tural. 

Empezaremos, poniendo en parangón, las dos coloni¬ 
zaciones principales del continente americano: la britᬠ
nica, y la española. 

“Los ingleses —ha dicho Carlos Pereyra— colonizaban: 
cada una de las tierras por ellos ocupadas, eran una fac¬ 
toría de europeos, explotada con trabajo blanco y ne- J 
gro” (5). La esclavitud africana, tuvo un enorme des¬ 
arrollo, aumentando el número de esclavos hacia fines 
del siglo XVIII. En Nueva York, era de raza negra, una | 
séptima parte de la población; en Maryland, la mitad; 
en Carolina del Sur y Virginia, más de la mitad... Hacia 
1763, en Carolina del Sur, por ejemplo, de 105,000 ha- 


(5) Carlos Pereyra: “Breve Historia de América”. Pág. 343. 







HN TORNO AL PANAMERICANISIMO 


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hitantes, eran negros 70,000. Trabajaban estos infelices 
en las célebres plantaciones de algodón, y eran trata¬ 
dos en forma inhumana. 

Pero no sólo los africanos eran esclavos. También ha¬ 
bía esclavas blancos: los “indentured servants”. Se les 
llamaba así, porque llevaban un certificado, extendido 
por partida doble en una sola hoja, la cual se dividía 
en dos, por una línea de bordes irregulares. Una de las 
partes resultantes, quedaba en poder del “servant”; la 
otra, iba a manos de su futuro patrón; y el ajuste pos¬ 
terior de ambos trozos, comprobada la identidad del es¬ 
clavo. 

Algunos de estos “sérvanos” partían a América volun¬ 
tariamente; otros, eran presos de las cárceles inglesas, a 
quienes se cambiaba la pena por este género de escla¬ 
vitud; había también ds.terrados políticos: Cronwell en¬ 
vió a centenares de escoceses e irlandeses a América, y 
después de cada una de las grandes revoluciones britᬠ
nicas —1678, 1685, 1716, 1747—, nuevos grupos de exila¬ 
dos zarpaban hacia ef infierno americano; había, final¬ 
mente, algunos de estos esclavos que habían sido arre¬ 
batados de sus hogares en la costa alemana, a viva fuer¬ 
za. Pocos años antes de la solemne Declaración de la 
Independencia, se podía leer en periódicos americanos, 
este consolador aviso: 

“Alemanes, ofrecemos 50 individuos de esa procedencia, 
que acaban de llegar. Puede vérseles en el CISNE DE ORO, 
regentado por la Viuda Kreider”. (Enero de 1774). 

Si éste era el trato dado a los blancos y a los negros... 
¿qué podemos decir de los indios? Algo muy simple: que 
fueron exterminados. El inglés consideraba al indio co¬ 
mo un ser inferior, y lo eliminaba sin el menor remor¬ 
dimiento. Desde esos tiempos, ha llegado hasta nosotros 
el antiguo proverbio americano: “No hay mejor indio, 
que el indio muerto... ” Samuel Sewald —Ministro de la 
Corte de Massachussets— opinaba que los naturales de- 




t 


8 GONZALO VIAL CORREA 


foían ser tasados como ganado; un teólogo y pastor pro¬ 
testante de renombre, el Rev. Samuel Hopkins, pedía 
que se los exterminase en nombre de Dios, y prestaba 
su más entusiasta apoyo a la cacería que de ellos hacía, 
con jaurías, Popham. Cottom Mather odiaba a los sal¬ 
vajes, pero ce consolaba pensando que “el demonio ha¬ 
brá de exterminar esa mesnada de salvajes, para que el 
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo no sea vilipen¬ 
diado por:-ellos” (6). 

Sobre este trípode de indios exterminados, esclavos 
blancos y negros, levantaron su riqueza y su dominio, 
los componentes de la minoría británica libre. Los te¬ 
rrenos robados a los naturales asesinados, explotados por 
el trabajo forzoso y extenuador de los siervos, formaron 
las inmensas fortunas, que desencadenarían más tarde 
la Revolución de la Independencia. 

Admitiendo esto, algunos rompen lanzas aún por la 
colonización británica, asegurando que fué “tolerante”... 
La Historia, sin embargo, deshace este lugar común. La 
historia nos dice —por ejemplo— que en Massachusscts, 
la Misa católica era considerada idolatría, y penada con 
la muerte; no se podía celebrar la Navidad, y los Jesuí¬ 
tas no podían entrar al Estado: si lo hacían, la pri¬ 
mera vez eran expulsados por la fuerza, y la segunda, 
ejecutados; que en Virginia, los sacerdotes católicos no 
podían ejercer; y sus seglares, no podían votar, ni des¬ 
empeñar cargos públicos, ni portar armas, ni comprar 
caballos 'más allá de cierto valor... que en Maryland, 
se declaraba traidor al sacerdote católico que hiciese 
prosélitos, y así sucesivamente. ¿Es esto “tolerancia”? 

Como los británicos no se fusionaron con los indíge¬ 
nas, sino que los destruyeron, no crearon una nueva cul- 


(6) Lewis Hanke; cit. por Jaime Eyzaguirre: “Hispanoamé¬ 
rica del Dolor”. Fág. 54. 


J 




EN TOÍRNO AL PANAMERICANISMO 


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tura, específica de América Sajona : se limitaron a 
'trasladar la ley ya existente en Gran Bretaña, al suelo 
•americano. Ha dicho Jaime Eyzaguirre: “El inglés quiso 
arar ilo vernáculo, y trasplantar su civilización con cau¬ 
tela, para librarla de los contagios autóctonos...” (7). 
Y ya cincuenta años antes, un español de genio, Angel 
María Ganivet, había escrito: “...Las naciones hispano¬ 
americanas no han pasado de la infancia, en tanto que 
te EE. UU. han comenzado por la edad viril. Porque las 
unas... han retrocedido, y han empezado la evolución 
como pueblos jóvenes... y la otra ha continuado vivien¬ 
do con vida artificial, importada de Europa, como pu¬ 
diera vivir en cualquier otro territorio, por ejemplo, en 
Australia” (8). 

Sintetizando, pues, lo dicho hasta ahora, podemos re¬ 
sumir la colonización inglesa, eneres puntos principales: 

Primero: fuié hecha con un propósito eminentemente 
comercial, a base de trabajo blanco y negro; 

Segundo: blanco e indio no se ¡fusionaron: el primero 
acabó con el segundo; y 

Tercero: no hubo creación de cultura, sino un simple 
trasplante. 

Veamos ahora la colonización española. “Los españo¬ 
les —escribió Pereyra— colonizaban, descubrían, evange¬ 
lizaban, y hacían algo más: creaban una nueva rama 
étnica”. En efecto, el español, al contrario del in¬ 
glés, no consideraba 'al «indio corno un ser inferior, co¬ 
mo una besftáa, sino que lo tenía por un hermano me¬ 
nor; un hermano necesitado ide ayuda; un hermano — 
en fin— potencial, aunque no circunstanrialmente, igual 
a él. La prueba de esto, es que el español no tuvo re¬ 
paro en mezclarse con el indio, engendrando esa nueva 


(7) Jaime Eyzaguirre: “Hispanoamérica del Dolor”. Pág. 16. 

(8) Angel Ganivet: “Idearium Español”. Pág. 98. 




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GONZALO VIAL CORREA 


y peculiarísima “rama étnica” de que hablaba Carlos Pe- 
reyra: el mestizo. 

lia “codicia española”, su “desprecio por la vida del 
indio”, no resisten el menor análisis histórico, y sólo son 
hoy repetidos por unos pocos majaderos. Si los españo¬ 
les hubiesen demostrado tal crueldad... ¿cómo podria 
explicarse que, cuando Hernán (Cortés volvió a Méjico, 
de simple particular, los indígenas le tributasen espon¬ 
táneamente, una grandiosa recepción? ¿qué explicación 
cabría, al hecho histórico de que Pedro de Villagra, de¬ 
jase por herederos a los indios de su encomienda de 
Parinacochas? ¿y a qué el Oidor Venegas obligase, en 
1571, a los encomenderos de Imperial y Valdivia, a de¬ 
volver a sus indios ciento cincuenta mil pesos oro? Po¬ 
dríamos seguir allegando pruebas de lo que afirmamos; 
podríamos citar a nuestro Pedro de Valdivia, y pedir a 
los que llaman “depravados buscadores de oro” a los es¬ 
pañoles, que nos expliquen el caso de este extremeño, 
que abandonó sus riquezas ilimitadas en el Perú, para 
venirse a pelear y a morir, en esto Chile pobre e inhós¬ 
pito ..., pero preferimos dejar la palabra a Garcilaso 
de la Vega, que nos cuenta la siguiente anécdota de 
'Francisco Pizarro: “...aconteció pasando un río qai© 
llaman de la Barranca, la gran corriente llevarle un 
indio de su servicio...» y echarse el marqués a nado tras 
él, sacarle asido de los cabellos, y ponerse en peligro 
por la gran furia del agua, en que ninguno de todo su 
exército, por mancebo y valiente que fuera, se osara 
poner...” Solicitamos que se nos señale en la Historia 
de Nueva Inglaterra, un caso parecido (9). 

No; “las expediciones —corno dice Wilhem Treue— no 
se proponían única, ni siquiera principalmente, el en- 


(9) Inca Garcilaso de la Vega; cit. Salvador de Madariaga: 
“Cuadro Histórico de las Indias”. Pag, 548. 





EiN TORNO AL PANAMERICANISMO 


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riquecimiento, ni fueron sólo comerciales’' (10). Tuvieron 
un propósito decididamente superior: la elevación mate¬ 
rial y espiritual del indio; y el resultado de esa gesta 
—la más asombrosa de la Historia— es el mestizo, la 
raza americana. 

Preguntémonos ahora —y es esto lo importante— por 
qué Inglaterra acituó de una manera en América y Es¬ 
paña de otra. En el 'fondo, esta (divergencia de sistemas, 
no es más que la brecha formidable abierta por la Re¬ 
forma en el pensamiento cristiano. Cuando el atormen¬ 
tado monje alemán que se llamó Martín Lutero, discu¬ 
rrió que bastaba la fe para salvarse, lejos estaba de ima¬ 
ginar que su teoría, significaría con el tiempo el exter¬ 
minio de los indios de Nueva Inglaterra. Y —sin embar¬ 
go— así era. 

El protestante se separa del católico, en el problema 
de la salvación. El protestante crée que basta la fe, para 
justificar al hombre; el católico dice que muy importan¬ 
te es la fe, pero que también las obras son necesarias 
para la salivación. 

De este principio fundamental, el protestatismo pasa 
—con lógica rigurosa— a dividir los hombres en répro- 
bo*s y elegidos. Réprobos, los que no poseen la fe; ele¬ 
gidos, los que la tienen, aunque hayan cometido los crí¬ 
menes más espantosos. Los hombres están, pues, deter¬ 
minados desde toda la eternidad, a la salvación, o a la 
(condenación: nada de lo que ellos hagan, puede mo¬ 
dificar —para bien o para mal— su destino definitivo e 
irrevocable. Pueden los elegidos llenarse las manos de 
sangre; la fe los salvará; pueden los reprobos llevar una 
vida inmaculada: la falta de fe los perderá. Es Dios el 
que —gratuita y arbitrariamente— nos da o nos quita 
la eterna felicidad: los hombres, no podemos sino man¬ 


ilo) Wilhem Trcue: “La Conquista de la Tierra”. Pág. 213 





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GONZALO VIAL CORREA 


char en resignado silencio, hasta el cumplimiento de 
¡nuestro destino. 

Nada más fácil, que pasar de aquí, al racismo. El 
racismo no es sólo alemán, como voces paternales y des¬ 
interesadas, sobre todo desinteresadas, nos lo aseguran 
con sospechosa insistencia. El racismo es específicamente 
anglosajón, porque la mayor pante 4e los pueblos anglo¬ 
sajones son protestantes. Es muy natural, que si un pue¬ 
blo cree con firmeza estar destinado a la salvación desde 
toda una eternidad, haga lo que haga; este pueblo con¬ 
temple con superioridad y desprecio all vecino, que haga 
lo que haga también, se condenará, por ser de otra reli¬ 
gión; así como el individuo protestante es superior al in¬ 
dividuo no-protestante; el pueblo protestante es supe¬ 
rior al pueblo no-protestante. 

Un angustioso interrogante, ensombrece, pues, la vida 
del puritano... ¿está él predestinado a la salvación, o 
a la condenación? ¿es él un réprobo, o un elegido? ¿Có¬ 
mo solucionar tan terrible enigma? Tratando de hacer¬ 
lo, se ha formado en las colectividades reformistas, un 
curioso pragmatismo: el éxito, el triunfo económico en 
la vida, indica al elegido; el fracaso, es señal distinta 
del réprobo. Esta ¡degeneración de la idea protestante, 
ha producido tipos curiosos: eil inolvidable Mr. Samuel 
Pepys, por ejemplo, cuyo memorable “Diario” ha llegado 
hasta nosotros, leyéndose en él frases como éstas: 
“...Gracias a Dios poseo actualmente seis mil doscien¬ 
tas libras, mil ochocientas más que el año pasado ... (11). 
Esta tarde, Sir William Petty vino a comunicarme que 
Mr. Barlow ha muerto. Dios conoce mi corazón; podría 
haberme apesadumbrado en verdad —tanto como puede 
apesadumbrarse uno por cierto extraño, cuyo deceso le 


(11) Samuel Pepys: “Diario”. 31 de diciembre de 1666. 
Pag. 254. 

(12) Samuel Pepys: “Diario’'. 9 de febrero de 1665. Pág. 160. 




EN TQRNO AL PANAMERICANISMO 


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reporta cien libras al año—, pues era una persona digna 
y honesta. Pero cuando me pongo a considerar la mise¬ 
ricordia divina, que me acuerda así, de improviso, cien 
libras más de renta, le agradezco a Dios con toda mi 
alma...” (¡12). Como se ve, Mr. Pepys tiene una idea 
original de la “(misericordia divina”. Mr. Pepys está con¬ 
vencido de su propia salvación, y ve en estas acumula¬ 
ciones de dinero, la (bendición de Dios. “...El puritano 
inglés del siglo XVII —dice un norteamericano, Tawney, 
en su obra “Religión, and the rise oí iCapitalism”; y con¬ 
viene no olvidar que Pepys escribía su “Diario” en este 
mismo siglo— ve en lo pobreza de aquéllos que van ca¬ 
yendo en el camino, no un infortunio que debe compa¬ 
decerse y ayudarse, sino una falla moral que debe ser 
condenada; y en la riqueza, no es cosa merecedora de 
recelo, sino de las (bendiciones, que premian el triunfo de 
la energía y la voluntad...” (13^. fíe ha producido una 
inversión de valores: la maldad y la bondad dejan de _ 
ser nociones fijas e intangibles; se apre ian ahora en 
función d,e la utilidad práctica. El pobre es un malva¬ 
do, y tiene en la pobreza el castigo de Dios a su mal¬ 
dad. El rico coopera en ese castigo, generosamente, apor¬ 
tando a él su granito de arena. “La civilización indivi¬ 
dualista, ha dicho Ramiro de Maeztu, tiene que alzarse 
sobre un légamo ce * boycotea dos’, de caídos, de ex-hom- 
bres...” (14). Y otro escritor, políticamente muy distinto 
de Maeztu, Jacques Maritain, ha escrito 'estas palabras 
lapidarias: “...el predestinado está seguro de su salva¬ 
ción. Está listo para soportarlo todo en la tierra, y para 
conducirse en ésta, como elegido de Dios; sus exigencias 
imperialistas, (para él, hombre substancialmente corrom¬ 
pido, pero salvado; siempre ennegrecido por el pecado de 


(13) R. H. Tawney: “Religión ancj the rise of Capita’ism”: cit. 
Jaime Eyzaguirre: “Hispanoamérica del Do;or . Pág. 60. 

(14) Ramiro de Maeztu: “Defensa de la Hispanidad”. Pág. 60. 







14 


GONZALO VIAL CORREA 


Adán, • pero elegido) no tendrán límites; y la prosperi¬ 
dad material, será para él un deber de estado...” (15). 

Veamos ahora el reverso de la medalla; veamos la doc¬ 
trina católica. Para el católico no basta la fe: también 
las obras son necesarias para salvarse. Este mundo es 
un campo de batalla; y si es inagotable la Misericordia 
de Dios, también es implacable y perfecta su Justicia. 

El hombre es libre; no está predestinado a la salva¬ 
ción o a la condenación. íNo hay, pues, de antemano, 
réprobos y elegidos. No hay pueblos superiores o inferio¬ 
res. Por su origen —Dios—; por su destino —Dios—; 
todos los hombres son iguales... Por descontado, hay 
hombres buenos y hombres malos, pero buenos y malos 
en algo se parecen: “cualquier hombre, por caído que 
se encuentre, puede levantarse; pero también caer por 
alto que parezca...” (16). 

Ningún católico es racista. Puede un católico decir 
que una raza es superior a otra en los accidentes; pero, 
en el mismo momento en que proclame a una raza, su¬ 
perior por esencia, deja de ser católico. El grito que 
parte de Hispanoamérica pidiendo inmigrantes, es neta 
y profundamente católico. 

Para el católico, el triunfo económico nada indica, 
én cuanto a la maldad o bondad del individuo. Para un 
español, por ejemplo, rey y mendigo son seres esencial¬ 
mente iguales, y el buen mendigo es superior al mal 
rey. La mendicidad —esa mendicidad hiriente y trágica, 
en la que el pordiosero exhibe toda su desventura, toda 
su miseria material y moral— se concibe sólo en países 
católicos, donde se puede amar al que la vida ha ven¬ 
cido; pero es imposible en países protestantes, donde una 
filantropía cortés y helada, recoge a estos réprobos, y 
los traslada a lugares higiénicos y apartados, donde su 

(15) Jacques Maritain: “Humanisme Integral”. Pág. 25. 

(16) Ramiro de Maeztu: ‘‘Defensa de la Hispanidad”. Pág. 91, 




EN TORNO AL PANAMERICANISMO 


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Visita no turbe la digestión do los felices, virtuosos, y 
pulcros seres superiores. 

Con los antecedentes expuestos, se comprenderá la 
fundamental divergencia de ambas colonizaciones: es¬ 
pañola e inglesa. Inglaterra y España, fueron, duran¬ 
te el turbio y apasionado siglo XVI, baluartes formida¬ 
bles de la ‘Reforma y de la Contrarreforma, respectiva¬ 
mente. Sus métodos colonizadores, fueron sólo la apli¬ 
cación de sus doctrinas filosóficas. 

El protestante británico, el elegido, llegaba a América 
a cumplir ese “deber de estado” de que hablaba Mari- 
tain: enriquecerse. La más olímpica indiferencia, era 
su único sentimiento para con los reprobos: indios, ne¬ 
gros e “indentured servants”. A los que no le servían, 
los eliminaba; a los que le servían, los esclavizaba. 

El católico español, llegaba a América, guiado por un 
propósito eminentemente evangelizado^ civilizador. Sen¬ 
tía en su sangre, la misión ecuménica de los pueblos 
¡hispánicos; de esa España que —según la hermosa com¬ 
paración de Maeztu— había hecho en Guanahani la 
unidad física del mundo; y en Trento, su unidad mo¬ 
ral. ¡Hubo crueldades, hubo imperfecciones; pero consi¬ 
deremos que la obra era gigantesca, y era humana. 

La cultura norteamericana es la británica, sin varia¬ 
ciones. Es la cultura del orgulloso elegido, del racismo, 
del imperialismo, del triunfo económico. Nuestra cultu¬ 
ra es mestiza, es una modalidad de la cultura española. 
Es la cultura de la igualdad esencial de los hombres, y 
de los pueblos; la cultura misionera y caritativa. Somos 
católicos: ellos son protestantes. No podrá haber entre 
amibas culturas, compenetración, porque parten de con¬ 
ceptos de la vida, no sólo diferentes, sino también anta¬ 
gónicos; y donde no haya compenetración cultural, no 
fiabrá verdadera unión. ¡Por eso, el Panamericanismo 
está edificado sobre arena, y, al primer huracán, se de- 
arrumbará para siempre. 





16 


GONZALO VIAL CORREA 


4. Racismo en los Estados Unidos. 

Y —efectivamente— a pesar de las grandes corrientes 
Inmigratorias del siglo pasado, los EE. UU. de Norte¬ 
américa, siguen aferrados a su orgulloso racismo puri¬ 
tano. No creemos necesario extendernos sobre la situa¬ 
ción de los negros, pero no estará demás señalar que 
—según Estadísticas Oficiales— entre 1882 y 1946, 3,425 
de estos infelices, han muerto en los céle-brea “lincha¬ 
mientos”. Tampoco es necesario un mayor comentario, 
acerca de instituciones como el “Ku-Klux-Klan”, que en 
un principio no limitó sus 'benéficas actividades a los 
negros, sino que las amplió generosamente a chinos, 
•judíos e irlandeses. A propósito de éstos, recordemos la 
terrible -campaña religiosa y racista promovida por el 
‘‘Ku-Klux-Klan”, y otras entidades del mismo género, 
contra el candidato presidencial Alfred Sanith, reo del 
doble crimen de ser católico, y de ser irlandés; campa¬ 
ña que -terminó con la derrota de Smith. 'Recordemos 
asimismo, que, en plena prosperidad, las fábricas de los 
(EJE. UU. tenían una “escala racial” de sueldos, suma¬ 
mente instructiva: buenos jornales para los afines re¬ 
ligiosos y étnicos: noruegos y alemanes, y luego, en or¬ 
den decreciente, salarios inferiores, para irlandeses, 
polaco?, italianos, negros, nacionalizados ingleses o nor¬ 
teamericanos, chinos, y, por último —en forma muy pan¬ 
americana— sudamericanos y mejicanos... No olvi-de- 
demos, las persecu:iones a los asiáticos —chinos y japo¬ 
neses— eliminados implacablemente; no olvidemos, a 
las poblaciones mejicanas de California, Texas y Arizo- 
na, obligadas a emigrar sin indemnización alguna... 
Sólo teniendo presentes estos hechos, podremos -compren¬ 
der la verdad innegable de estas palabras de Vasconce¬ 
los: “...en lo esencial, subsiste el dominio racial del 
anglo-sajón. Toda clase de estirpes recién inmigradas, 
se juntan en la plana de empleados de un banco de 

- j 





EN TORNO AL PANAMERICANISMO 


17 


Miiddle West, pero estad seguros de que la joven pálida 
y rubia, ni fea ni bonita, meticulosa y afab,e, que alen¬ 
de al público en la ventanilla de la salida de fondos, 
en el sitio de la responsabilidad, es una descendiente de 
los Puritanos de Nueva Inglaterra, que emigran, pero a 
fin de dominar, no, como tantos otros, únicamente para 
sobrevivir...” C17). 

Hubo un tiempo en que este racismo se exhibía con 
franqueza. Se hablaba entonces de “política del garro¬ 
te”. y de “primero ocupar Méji.o: después, iniciar las 
negociaciones”. Sabíamos a qué atenernos, y cuando, 
por ejemplo, el Presidente Teodoro Roo-celve-t escribía: 

...En la América del Norte, como en todas partes del 
mundo, la expansión de una nación civilizada ha sig¬ 
nificado invariablemente el crecimiento del área de paz 
normal...” o “...la fuerza de las . potenterazas civi¬ 
lizadas, que no han perdido el instinto combativo, por 
su expansión, hace reinar la paz...” (18), conocíamos 
muy bien, a costa de quién, se “expandía” la “nación 
civilizada”... 

pero ahora, las cosas han cambiado. El racismo per¬ 
manece, pero encubierto por una dulce, insinuante, 
'‘buena vecindad”. Pero no habrá nunca “buena vecin¬ 
dad” entre “pueblos superiores” y “pueblos inferio¬ 
res”. fíó 1 o puede haber, vasallaje o protectorado. 'Si que¬ 
remos alguna de estas dos alternativas... ¿por qué no 
decirlo de una vez, y terminar buenamente la farsa? 


(17) José Vasconcelos: “Bolivarismo y Monroismo”. Pags, 

68*85 

(18) Teodoro Roosevelt: “La expansión y la paz” Publ en 
“El Independiente”, 21 de diciembre de 1899. Recopilado en La 
Vie Intense”. The Strenous Life. Págs. 21-33. 









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GONZALO VIAL CORREA 


5. Incomprensión. Paréntesis y Desahogo... 

¿Cómo podemos hablar de unimos con una Nación.. 
Si esta Nación no nos conoce? 

Tengo ante mi, un libro editado por Editorial “Zig¬ 
zag”, en il$40. Se llama “América ante América”, y es 
traducción ¡del libro “America ¡South”, del estadouniden¬ 
se Carie ton Beals. Según me informa el prologuista, esta 
obra ha sido traducida al francés y al alemán, y “es 
el libro tal vez más rico en datos y juicios de los que 
hasta ahora se han publicado sobre los países de ori¬ 
gen español y portugués de América”, lo que no es poco 
decir. El prologuista —con mucho optimismo, como se 
verá pronto— cree, además, que la obra “contribuirá. .. 
a un mayor acercamiento de todos los americanos”, y 

r 

a ^formar . el alma del americano, suprema aspira¬ 
ción de los libertadores de esta parte del mundo”. Per¬ 
fectamente. Demos, pues, vuelta las páginas de “Amé¬ 
rica ante América”, y anotemos las más luminosas ob¬ 
servaciones de Beals, sin comentario alguno: 

“La Inquisición, bajo Torquemada, perpetró crímenes 
feroces y logró grandes propiedades para la Iglesia y 
sus favoritos... La España mística era hostil a toda fi¬ 
losofía. . . a menos que estuviera mezclada con comba¬ 
tividad teológica. . . ¡Las corridas de toros y los autos 
de fe públicos, productos complementarios normales de 
un misticismo religioso degenerado, sirvieron para en¬ 
tretener el apetito de crueldad.. ” (págs. -102). 

Esto, por lo que toca a España. Pasemos ahora a Amé¬ 
rica: “En el nuevo mundo, el oro llegó a ser una obse¬ 
sión. . . fíe imaginaban que el oro brillaba debajo de los 
arbustos, en cada cerro... A menudo quemaban las plan¬ 
tas de los pies de los indios que nunca en su vida ha¬ 
bían visto una pepa de oro? . .” (pág: 103). Y esta frase, 
que deberla ser grabada, con letras de oro, en el Altar 



BN TORNO AL PANAMERICANISMO 


19 


del Panamericanismo: “La Inquisición fu¿é La G. P. U. 
del gobierno colonial...” (pág. 249). 

Bien: pero no podemos detenernos en registrar cada 
una de las portentosas lucubraciones de este cerebro 
privilegiado. Mal que nos pese, abandonemos a Torque- 
mada, y a los crueles y codiciosos españoles, y sigamos 
adelante... Indudablemente, la parte más notable de 
esta obra, es la que se refiere a la “sociedad americana” 
Permítasenos espigar, para instrucción del que esto lea, 
los más agudos rasgos de ingenio y de erudición de 
Beals, en esta materia: “...Las guerras de la indepen¬ 
dencia vieron en todos los país mujeres patriotas, cu¬ 
yos nombres llegaron a ser legendarios por su lealtad, 
sacrificio y valentía... V esos nombres son de... la 
Quintrala, en Chile”. Después de este recuerdo emocio¬ 
nado de la máxima heroína de nuestra Independen¬ 
cia, Beals las emprende contra las costumbres sociales 
americanas: “La alcahuetería es una costumbre estable¬ 
cida en la mayoría de las partes, en las clases alta y 
media mencionada. A una muchacha no se la deja 
nunca sola con un hombre hasta que se casa. . . El her¬ 
mano más joven llega a ser un alcahuete: su ausencia 
se compra con una entrada para el cine u otro medio. . 
En muchas partes también todavía existe la antigua 
costumbre de hacer la corte... Todos los días... pasa 
tírente a su ventana a la misma hora y la saluda mien¬ 
tras ella se encuentra detrás de las rejas de fierro. . . 
La primera carta de amor debe ser un apasionado poe¬ 
ma. .. Para la .costumbre antigua de hacer el amor tam¬ 
bién es muy esencial la música. Un hombre puede can¬ 
tar a su dama distante al son de la guitarra, o, por lo 
menos, puede tener el dinero suficiente para enviar a 
otros a cantar por él, y en tal caso, alquila la orquesta 
mlás grande que puede soportar su talega... Después del 
matrimonio... la mujer... escasamente puede dirigir 
la palabra al hombre... En las fiestas, generalmente, 









20 


GONZALO VIAL CORREA 


das mujeres se congregan a un lado todas, y los hom¬ 
bres al otro, o en piezas separadas. Después de los bai¬ 
les, el hombre la deja en su silla y no sigue conversan¬ 
do con ella... Un hombre tiene más posibilidad de 
mostrarse en público con su amante que con su mu¬ 
jer. . . ” (págs. 278 280). 

(Después de fulminar la sociedad americana, el autor 
de “Ameri-ca South” se deja caer sobre Chile, y, ha¬ 
blando de los latifundistas, escribe: “La siguiente anéc¬ 
dota demuestra la relación paternal que existe entre el 
hacendado y sus siervos. Un peón, en una de las gran¬ 
des haciendas, un poco al Norte de Santiago, se robó 
algunos de los pollitos del establecimiento, por la sim¬ 
ple razón de que él y su mujer no obtenían suficiente 
comida de su trabajo desde el amanecer harta la no¬ 
che.' El hombre, que sintió un remordimiento, fué don¬ 
de el cura y le confesó su acción, pero el sacerdote lo 
llevó de una oreja hasta el dueño de la hacienda. El 
dueño, en un rasgo de generosidad, le dijo que, a pesar 
de que tenía que entregarlo a las autoridades, recomen¬ 
daría clemencia para él. El juez condenó al pobre hom¬ 
bre a cinco años de trabajo. El dueño, en otro rasgo 
de generosidad, resolvió no echar a la esposa del hom¬ 
bre de la casa en que vivía, pero... la obligó a servir 
cinco años en la hacienda, sin paga alguna. Ella le besó 
la mano, y se fué a trabajar como lavandera en la Casa 
Grande...” (págs. 228-229). 

Pero, basta ya de este irreparable cretino: lo único 
que cabe preguntarse, es. . . ¿cómo puede llamarse “her¬ 
mano nuestro”, un país cuyos prominentes escritores 
—incluso, los traducidos al francés y al alemán— ig¬ 
noran tan completamente nuestra historia, nuestras 
tradiciones y nuestras costumbres? ¿puede hablarse de 
Panamericanismo, mientras los miles y miles de igno¬ 
rantes y orgullosos Carletons Beals, que pululan en Nor¬ 
teamérica, no hayan sido reducidos al silencio? 







EN TORNO AL PANAMERICANISMO 21 


6. “Incompatibilidad de Caracteres...” 

E'ta, que suele ser causal de divorcio; también puede- 
ser causal de separación entre los pueblos. 

Es un hecho, que existe entre el Hispanoamericano y 
el Angloamericano, una diferencia de caracteres marca¬ 
da. ¿De dónde proviene esta diferencia? Creemos que, 
principalmente, de los 'factores culturales ya analizados; 
pero no olvidemos tampoco otras circunstahcias,. cuya 
influencia puede haber sido de importancia, como ser la 
raza, el clima, la ubicación geográfica, la mayor o menor 
riqueza natural, etc. 

Hemos pensado, que sería de interés observar esta dis¬ 
paridad de caracteres entre Angloamérica e Hispanoamé¬ 
rica a través de un paralelo entre sus dos figuras más 
relevantes: Jorge Washington y Saimón Bolívar, respecti¬ 
vamente (19). 

Si la Revolución de la Independencia Norteamericana 
se encarnara, se encarnaría en, Washington; si se mate¬ 
rializase nuestra Revolución de la Independencia, Se ma¬ 
terializaría en Bolívar. 

La Revolución Angloamericana —simple y sencilla¬ 
mente, fué una medida económica—. La minoría puri¬ 
tana y plutocrática estaba descontenta con Inglaterra, 
por tres motivos principales: primero, porque el Rey de 
Inglaterra amenazaba entregar las ricas tierras del 
Oeste —conquistadas en la guerra de los siete años— a 
sus favoritos insulares, y no a los colonos; segundo, por¬ 
que los comerciantes y navegantes veían entrabadas sus 
actividades por las leyes británicas, y debían recurrir al 
contrabando —difícil y peligro-o— para burlarlas; tercero, 
porque los industriales también eran obstaculizados por 


(19) Carlos Pereyra: “Bolívar y Washington: un paralelo im¬ 
posible" y “Qui,mieras y Verdades de la Historia ”, han sido em¬ 
pleados en este capítulo. 




GONZALO VIAL CORREA 


22 


las) leyes de control de la metrópoli. Esto era todo. No 
busquemos causas ideológicas, porque no las había. No 
busquemos la intervención del pueblo, porque el pueblo 
—como, apresurémonos a decirlo, también sucedió 
en nuestra Revolución— no sabía siquiera de qué 
se trataba, y combatía indistintamente por un bando 
o por otro. “El éxito de la Revolución Norteamericana — 
escribió Pereyra— no se debe sino a la cohesión de es¬ 
fuerzos de un grupo de buenos'negociantes en plena 
prosperidad, que destruyó las instituciones políticas que 
le ponían estorbos, y creó las que, con justicia, se con¬ 
sideraba como las más perfectamentes adecuadas para la 
explotación de su dominio .continental...” (20). 

En cambio... ¿qué fué nuestra Revolución? Las ma¬ 
noseadas “causas de la independencia”, que se exponen 
metódicamente en los libros de texto para las escuelas 
primarias, han sido demolidas ya, metódicamente tam¬ 
bién, por la crítica histórica. No es del .caso repetir aquí 
la demolición, por lo cual remitimos al que por ella se 
interese, al ensayo de Jaime Eyzaguirre. “El Espíritu de 
la Revolución Americana” (21). 

En los siglos XVI y XVII, las Colonias estaban unidas 
a España por un doble vínculo: la persona del Rey, y el 
“ideal ecuménico de los pueblos hispánicos”, de que ha¬ 
blábamos en otra parte. Bastaba con esto, para mante¬ 
ner a raya el espíritu individualista, de disgregación, es¬ 
pañol. El español se sentía llamado a grandes destinos; 
a conquistar almas para Cristo, y tierras para su Rey; 
y este sentimiento impedía que se cantonalizara, que se 
anarquizara. Pero en el siglo XVIII, se pierde el “ideal 
ecuménico”, al ser reemplazados los Austria por los Bor- 


(20) Carlos Pereyra: “Bolívar y Washington: un paralelo 
imposible”. Pág. 41. 

(21) Este ensayo ha sido publicado en España, junto con 
“Hispanoamérica del Dolor”. 




EN TORNO AL PANAMERICANISIMO 


23 


¡bón. España duda de sí misma: España se extranjeriza, 
y se pregunta si lo que ha hecho hasta ese momento, 
no, es una solemne y quijotesca tontería... Se rompe en¬ 
tonces el primer vínculo, entre España y los españoles 
avecindados en América. Sólo la persona del Rey —dé¬ 
bil ligamento— une la metrópoli y sus colonias. Pero, al 
invadir Napoleón España, y al caer el “bien amado” Fer¬ 
nando VII, todo lazo de unión queda roto, y —‘faltos los 
americanos de poder político— se refugian en el poder 
social, en los Cabildos. La caída del Rey, provoca la 
anarquía. Esencialmente, la Revolución de la Indepen¬ 
dencia es eso: una anarquía. Cuando —más tarde— vuel¬ 
va Fernando VII al trono, no habrá posibilidad de unión, 
porque la larga guerra civil —enconando los odios y las 
pasiones— la hará irrealizable. 

Y, en efecto, a poco que examinamos nuestra Revo¬ 
lución, descubrimos el sello inconfundible de la anar¬ 
quía: la crueldad... las verdaderas revoluciones, domi¬ 
nadas por una Idea, cometen pocos crímenes — sólo los 
indispensables; las anarquías, ocultan su falta de ideas, 
su pobreza intelectual, con un inútil despliegue de» sa¬ 
dismo y de barbarie. .. En eso, a nuestra anarquía no 
la gana ninguna: los crímenes de “patriotas” y “realis¬ 
tas”, hacen estremecerse. Recordemos —de los primeros * 
a Antonio Nicolás Briceño, que otorgaba los ascensos, 
según el número de cabezas de enemigos presentadas 
por el aspirante: por veinte, a alférez; por treinta, a te¬ 
niente; por cincuenta, a capitán. . . Recordemos también 
—ahora entre los realistas— a Zuazola, que arrancaba 
las orejas a sus prisioneros, y los cosía espalda con es¬ 
palda; a Rósete, que desollaba los pies de los patriotas, 
al sanguinario Morales, y a Boves, que hizo descuartiz xr 
a Ribas —lugarteniente de Bolívar— y freír su cabeza 

en aceite... 

En estos dos diferentísimos escenarios —anarquía, por 
'un lado; revuelta plutocrática por el otro— sie mueven, 



24 


GONZALO VIAL CORREA 


respectivamente, Bolívar y Washington. Bolívar fué un 
místico con una idea fija: libertar a América. Aun re¬ 
suena su romántico “Juramento del Aventino”: “Juro 
delante de Ud.; juro por el Dios de mis padres; juro por 
ellos; juro por mi honor; juro por mi patria; que no 
daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que 
haya roto las cadenas que nos oprimen, por voluntad 
del pueblo español...” Fué un generoso, desprendido, vi¬ 
sionario sentimental, al que hacía llorar Plutarco con 
sus “Vidas ParaVas’’, y que temblaba de emoción al paso 
imperial de las huestes de Napoleón. Como era un au¬ 
téntico aristócrata, el dinero no le importaba: “Se creía 
ombligado —ha di-'ho Pereyra— a ser hombre de gobémo, 
benefactor desinteresado, unidad social activa y agente 
responsable ante si mismo”. De un golpe —magnífico, 
señorial, despreo'upado— libertaba 2 000 esclavos negros 
en una de sus haciendas. En cambio, Jorge Washington 
era un calculador frío, un “realista die roca”. A pesar 
de que algunos de sus panegiristas, han “querido hacerlo 
descender nada menos que de Odin, su origen es bas¬ 
tante más obscuro: venía de un tal John Washington, 
su bisabuelo, cuya procedencia permanece en el misterio. 
Amó extraordinariamente el dinero, y toda su vida po¬ 
lítica y militar, está mezclada con especulaciones en terre¬ 
nos: de no producirse la Revolución, hubiera perdido 
30,000 acres de tierra; su actividad en la guerra con 
Francia —escasa, y nada gloriosa, como se verá— le re¬ 
portó, a él y a otros oficiales, 200,000 acres más... Co¬ 
nocido es el conmovedor episodio de “la meditac’ón de 
Valley Forge”: después de esta batalla —según los in¬ 
condicionales aduladores de Washington— ésto se retiró, 
para orar y pensar... Sin embargo, la Historia suele de¬ 
parar desagradables sorpresas' a los “inventores de anéc¬ 
dotas”: revisado más tarde el “Diario” de Washington, 
el único fruto de la supuesta meditación, anotado el día 



EN TORNO AL PANAMERICANISMO 


25 


¡de ésta, es una reflexión sobre lo mucho que aumentará 
el valor de los predios de Valley Forge, con la Indepen¬ 
dencia. .. Casado con una viuda rica y bella, el enlace 

+ 

le trajo 100,000 dólares. Durante su Presidencia, llenó 
escame alosa mente de mercedes y favoritismos, a sus ami¬ 
gos y parientes: numerosos negociados le son imputados. 
Cuando murió, su fortuna se calculaba en 530 000 dóla¬ 
res de esa época: el historiador norteamericano, Beard, 
lo llama “el hombre más rico de su tiempo”. Cierto es 
que libertó a sus esclavos, pero lo hizo cautamente: para 
después de su muerte, y de la de su mujer. Se -conserva 
de él una carta, en la que ofrece a un hacendado vecino, 
pagar Ja mitad de los gastos de persecución de unos es¬ 
clavos comunes que se habían fugado, con tal de que su 
nombre no apareciera en público... En resumen, fué 
Washington un puritano ,comerciante, elevado por los 
azares del destino, a la política y a la guerra, que no le 
interesaban sino como medio de enriquecerse. Lo cual, 
por otra parte, no tiene nada de particular, pues ya he¬ 
mos visto que la Revolución angloamericana fué una em¬ 
presa estrictamente comercial... Pero, de todas mane¬ 
ras, no puede ser más implacable el contraste con Bo¬ 
lívar. 

Prosiguiendo nuestro paralelo, diremos que Bolívar fué 
un genio militar; en cambio, de Washington escasamen¬ 
te se puede decir que fuese militar... Las campañas de 
Bolívar, recuerdan las maravillosas epopeyas de los con¬ 
quistadores. Por ejemplo, la de 1813: con 300 hombres, 
el Libertador entra en Venezuela, derrota a los realistas 
Izcar e Izquierdo, y encierra a Monteverde —que con¬ 
taba con 10.000 soldados— en Puerto Cabello. Con cua¬ 
tro batallas, se había apoderado Bolívar de cinco villas, 
cuatro fortalezas y más de cien aldeas. 

'Lamentamos no poder relatar nada parecido de Jorge 
Washington. Sus actuaciones bélicas se inician en la 
Guerra con Francia: el 2T7 de mayo de 1754, tiende una 




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GONZALO VIAL CORREA 


emboscada a una patrulla francesa, y da muerte a su 
comandante, Villlers de Jumanvilie. En seguida —sabién¬ 
dose perseguido por el hermano de Villiers— se retira a 
Fuerte ¿Ntecessity: allí va a buscarlo el enfurecido Villiers 
—que contaba con 500 hombres, contra poco más de 400 
de Washington— lo vence, y lo obliga a firmar una ca¬ 
pitulación reconociéndose asesino del desdichado coman¬ 
dante. Después de este brillante, pero corto, periodo mi¬ 
litar, encontramos nuevamente a Washington, en el cru¬ 
ce del Monongahela —en la misma guerra con Francia— 
como subordinado del General Braddock. Este, al man¬ 
do d,e 1,800 hombres, es derrotado por 300 franceses. Se 
¡dice que Washington organizó espléndidamente la reti¬ 
rada, pero él mismo ■—en una relación posterior— cuen¬ 
ta que “un nuevo terror pánico se apoderó de las tro¬ 
pas... todo era desorden y confusión... se destruyó la 
artillería... las municiones y bagajes fueron incendia¬ 
dos”, todo lo cual, por cierto, no deja muy bien parada 
la famosa retirada. Aqui terminan las actuaciones mili¬ 
tares de Washington en la guerra con Francia, actua¬ 
ciones cuyo precio hemos indicado en otra parte. 

En lo que se refiere a la Guerra de la Independencia, 
se puede decir que el triunfo norteamericano se debió a 
múltiples y complejos factores, ninguno de los cuales 99 
llamaba Jorge Washington. . . Uno de los más importan¬ 
tes, es sin duda la incapacidad del jefe británico. Howe. 
Este —cuyas fuerzas doblaban a las de los norteameri¬ 
canos— no hizo ningún esfuerzo para acabar con la se¬ 
dición: se limitaba a derrotar a los rebeldes cada vea 
que le presentaban batalla, pero nunca los persiguió, ni 
pareció ocurrírsele, que estaba en su mano aniquilarlos. 
Era tan notoria la incapacidad de Howe, que en los ban¬ 
quetes de los oficiales rebeldes, se brindada por él... 
También podemos mencionar, como causas del triunfo, 
el aporte del ejército auxiliar francés; la actuación de las 



EN TORNO AL PANAMERICANISMO 


27 

marinas francesa y española; la ayuda económica de Ho¬ 
landa; la increíble lenidad de Gran Bretaña, etc. Pero 
las actividades de Washington, fueron escasísimas. 

Continuemos nuestro paralelo, haciendo notar que Bo¬ 
lívar fuié un escritor magnífico, y un orador que arre¬ 
bataba a sus auditores; en camibio, Washington era “si¬ 
lencioso e inexpresivo” — como dice Pereyra. Su arehi- 
famoro “Earewell Adress”, no es obra suya, sino de 
Hamilton. Bolívar fué un estadista de fuste; todas sus 
predicciones sobre América —desgraciadamente, predic- 
fciones muy amargas— se han cumplido; Washington, en 
realidad, no gobernó: Hamilton —la verdadera cabeza de 
los revolucionarios— lo hizo por él. Bolívar fué un dic¬ 
tador omnipotente; Washington, el instrumento dócil de 
lina camarilla plutocrática. En dos palabras; Bolívar fué 
grandioso, genial, en lo bueno y en lo malo. Washington 
fué mediocre, equilibrado, frío: ¿un sus maldades, no 
son las maldades crueles, desorbitadas, de Bolívar; son 
maldades provincianas, burguesas... maldades que no 
producen espanto, sino asco. 

No me pronuncio sobre cuál de estos dos caracteres 
es mejor: yo sólo digo que son incompatibles... Bolívar 
•y Washington jamás hubiesen pedido colaborar: porque 
mientras el primero estuviese soñando imperios, el se¬ 
gundo trabajaría, activa y silenciosamente, para robar¬ 
te un pedazo de terreno, o hacerle firmar un contrato 
desventajoso. 

Pero en algo —y algo muy importante— ellos —loa 
norteamericanos—son indiscutiblemente superiores a nos¬ 
otros. Elilos han falseado su pasado, para ennoblecerlo, 
*y poder marchar con la cabeza en alto por los -caminos 
de la Historia; nosotros, hemos cubierto de lodo el nues¬ 
tro —limpio y glorioso—, quizá buscando excusas para 
nuestra propia prostitución. 



28 


GONZALO VIAL CORREA 


T La Doctrina Monroe. 

• * 

Hamos señalado ya, tres insalvables obstáculos para el 
Panamericanismo: antagonismo cultural, ra:ismo impe- 
rialirta norteamericano — y perdóneseme por hablar de 
"‘imperialismo yanquee”, frase demasiado repetida, y no 
siempre con intención limpia—, e incompatibilidad de 
caracteres. 

Nos queda aún por examinar, un mito muy difundido: 
•el de los EE. UU. salvadores de Hispanoamérica, a .través 
de la “Doctrina Monroe”. Según esta interesante fanta¬ 
sía, cuando la Santa Alianza se disponía a anular la in¬ 
dependencia de las Co’onias Americanas del Sur, y a de¬ 
volverlas. atadas de p'es y manos, a E~paña, se alzó la 
poderosa' voz de los EE. UU., gritando: “¡America para 
los Americanos”, y los perversos oscurantistas huyeron 
despavoridos. ■ . " 

Hcy, casi nadie —ni siquiera los norteamericanos— le 
da mucha importancia a Monroe, si no es como propa¬ 
ganda para convencer a los “ignorantes indígenas”, del 
Sur de Río Grande. Por lo cual, nos limitaremos a tratar 

r ■» . ^ 

de (demostrar tres puntos principales, sobre este tema: 
a) que en el momento de ser promulgada la Doctrina 
fMonroe, careció de toda importancia; b) que fué e.n se¬ 
guida abandonada por los EE. UU. de Norteamérica, y 
e) que ha sido sistemáticamente escamoteada por los 
países europeos, sin que los EE. UU. se hayan inquietado 
lo más mínimo. 

a) La Doctrina Monroe, fué expuesta por el Presidente 
tpie le ha dado el nombre, en su¡ mensaje al Congreso 
el 2 de diciembre de 1823. Pero en ese momento, no exis¬ 
tía el menor peligro para Hispanoamérica, de una inter¬ 
vención de la Santa Alianza. Esta intervención había 
sido definitivamente rechazada por dos de los miembros 
de la Alianza —Francia e Inglaterra—, en un acuerdo 
firmado el 9 de octubre de 19í23, entre el Ministro bri- 



E!N TORNO AL PANAMERICANISIMO 


29 


tánico, Jorge Canming, y el Príncipe de SPolignac. Can- 
ning era contrario a dicha intervención, aun antes., se¬ 
gún lo expresa en una carta a Sir Charles Stuart, fe¬ 
chada el 3*1 de marzo de 1923. ¿Qué queda pues, de la 
'"terrible amenaza” a nuestra independencia, de la qus 
vino a salvarnos Monroe? 

b) La Doctrina Monroe ha sido explícitamente desahu¬ 
ciada por los norteamericanos, en muchas ocasiones. A 
pesar del "América para los American u; \ los EE UU se 
negaron a intervenir en la independencia de Cuba y 
Tuerto Rico —en ese tiempo, presas del "oscurantismo 
español”: ahora han cambiado de amo— y disuadieren 
a las Repúblicas Hispanoamericanas de intentar dicha 
independencia. El Secretario de Estado, Clay —-bajo la 
Presidencia de Adams, que, como Secretario de Estado 
de Monroe, había sido el enunciador de su doctrina—, es¬ 
cribía en 1825 a Middlebon, que ^representaba a los ES. 
UU. en el Congreso del Istmo: ...Los EE. UU. se ha¬ 
llan satisfechos de la situación actual de aquellas islas, 
abiertas ahora a las empresas y al comercio de los ciu¬ 
dadanos americanos. Así es que no desean alteración al¬ 
guna en el sistema político de las islas..— "¡Brillante 
oportunidad para que esa moneda falsa de Monroe hu¬ 
biera sido arrojada al montón de las escorias!” (22). Y 
el reñor Calhoun, fué, años más tarde, aun más termi¬ 
nante: ".. las declaraciones de Monroe... no fueron 
sino declaraciones, y nada más... en ninguna de esas 
declaraciones se dice una sola palabra de resisten ia... 
Mientras Cuba permanezca en poder de España, poten¬ 
cia amiga, a la que no tememos, la política del gobier¬ 
no será... de'jar a Cuba como está, pero con el designio 
expreso, que espero no ver nunca abandonado, de que, 
si Cuba sale del dominio de España, no pase a otras má- 


(22) Carlos Pereyra: "Bolívar y Washington: un paralelo im 
posible”. Pág. 170. 




GONZALO VIAL CORREA 


- 30 


oíos sino las nuestras...” Puede estar tranquilo Mr, 
Colhoun: “el designio expreso no fué abandonado”. 

Y Mr. Adams —el redactor, como vimos, de la doctrina 
(Monroe— la desahució formal y definitivamente, en 
marzo de 1826— ¡menos de tres años después de promul¬ 
gada!— diciendo: “...Han cesado todas las aprensiones 
del peligro a que alude Mr. Monroe, de una intervención 
por parte de las potencias aliadas de Europa, con el fin 
de introducir sus sistemas políticos en este hemisferio.. 
Con lo cual, Adams, sólo se hacía eco de una resolución 
•anterior de la Gámara de Representantes, que dice lo 
siguiente: “Se resuelve que los EE. UU... . no tienen que 
firmar alianza ofensiva o defensiva, o que negociar acer¬ 
ca de tal alianza, con todas o con algunas de la RíR, 
AA.... que ios EE. UU. no tienen que ser partes contra¬ 
tantes con ellas, o con algunas de ellas, para hacer una 
declaración común, a fin de impedir la intervención de 
cualesquiera potencias europeas contra la independen¬ 
cia de aquellas Repúblicas, o contra de su forma de go¬ 
bierno, o para organizar una unión, a fin de impedir la 
colonización del Continente Americano.. .”. Dicho acuer¬ 
do —anterior a la Doctrina Monroe— es la partida de 
defunción de 'ésta; partida de defunción firmada solem¬ 
nemente por Adams, tres años más tarde. Desde marzo 
de 1826, pues, la Doctrina Monroe es sólo un recuerdo. 

•c) Y la mejor prueba de que está muerta, es sin duda 
la impasible tranquilidad, con la que los EE. TJU. han 
asistido a su sistemática y reiterada violación por los 
países europeos. Enumeraremos, en forma rápida, algu¬ 
nas de estas violaciones: 

18128 — Nace la República del Uruguay, por las gestio¬ 
nes de Inglaterra y Francia, entre Brasil y Argentina. 
Dos EE.. UU. no dicen o hacen nada, ante esta “inter¬ 
vención europea”. 

1833 — Inglaterra ocupa sorpresivamente Las Malvinas, 
a las que había renunciado por el Tratado del 2¿8 de ene- 




EN TORNO AL PANAMERICANISMO 31 


ro de 1761. Mr. Monroe se estremece en su .tumba, o en 
su cama, pero los EE. UU. no se conmueven. 

1038 — Francia .bombardea los puertos mejicanos de 
Veracruz y (San Juan de Ullúa, exigiendo el pago de cier¬ 
tas deudas, entre ellas, la .de un pastelero. Se arregla el 
dif©rendo por la intervención de Inglaterra. Los EE. UU. 
continúan mudos. 

1838 — El Almirante Baudin, bombardea los puertos 
del Río de la Plata, en una intentona europea de derro¬ 
car a Rosas. Silencio en los EE. UU. » 

,1848 — Yucatán —amenazado por la miseria, y por las 
rebeliones indígenas— se ofrece en coloniaje, a cualquiera 
nación europea que lo salve del peligro. El propósito en 
cuestión, no llega a hacerse realidad, pero los EE. UU. 
no hacen el menor esfuerzo por evitarlo. 

1848 — Inglaterra expulsa a Nicaragua de San Juan 
'(Costa de los Mosquitos), arría la bandera nicaragüense, 
y la reemplaza por la británica. >Los EE. UU. se lavan 
las manos. 

1352 — Inglaterra ocupa las Islas de la (Bahía, pertene¬ 
cientes a Honduras. Los EE. UU. sin novedad. 

1861 — Tropas francesas invaden Méjico. Los EE. UU. 
se echan la Doctrina Monroe al .bolsillo, y se niegan a 
ayudar a Méjico. ¡América para los Americanos! 

1866 — España intenta reconquistar el Perú, y ataca 

a Chile. Los EE. UU. duermen. 

Podríamos seguir... Pero no hay necesidad. Con lo 
expuesto, se comprende por qué, la (Doctrina Monroe es 
un mito, tan mito como las sirenas, lo unicornios y los 
centauros 

8. Democracia. 

Esto de la “fiel y efectiva democracia internacional’', 
como ideal aglutinante del Panamericanismo, no puede 
Ser sostenido por nadie que tenga una vaga noción de 



32 


GONZALO VIAL CORREA 


Historia ce América. En efecto, nuestras Repúblicas no 
han s-do Democráticas: ni siquiera, han sido Repúblicas, 
para ser exactos. Pereyra las llama ‘‘danzas de cafres”. 
■Cni-e» es el único país hispanoamericano, dei cual oe 
puede decir que ha incorporado a su Historia, cierta 
tradición cívica, si no democrática. . . Pero es diííeil de¬ 
cir —salivo en broma— algo semejante de las otras na¬ 
trones iberoamericanas. 

Examinaremos, por ejemplo, el caso de Boliviá; he aquí 
una lista de sus Mandatarios: 

Pedro Blanco, sucesor de Sucre: nombrado Presidente 
el 14 de diciembre de 1828; asume el 26 su cargo; envía 
Su primer Mensaje al Congreso el 30; es depuesto y apre¬ 
sado el 31, y fusilado el l 9 de enero de 1823. 

Santa Cruz, dictador desde 1829 a 1839, después de la 
derrota de Yungay es depuesto, y se exilia en Guayaquil. 

Velasco, que junto con Rallivián, había derrotado a 
Santa Cruz, es de ignado Presidente en 1839. Balliv án se 
insurrecciona contra él, pero es vencido y arrojado fuera 
del país. Velasco es destronado por un motín militar, en 


1841. 

Agreda sucede a Velasco, pero éste vuelve a Bolivia, y 
trata de apoderarse del mando. Simultáneamente, el 
Presidente del Perú, Gamarra, invade Bolivia, y lo mis¬ 
mo hace Rallivián. ¡Tres presidentes para un solo país! 

Rallivián asume por fin la Presidencia, en 1841: un 
asunto de mujeres lo distancia de su subordinado Belzú, 
al que relega a los alrededores de La Paz: Belzú se in¬ 
surrecciona, y derroca a Ballivián, que huye por los te¬ 
lados. .. 

Velasco, sube de nuevo al poder, apoyado por Belzú, en 
1848. Pero ese mismo año es derrocado por el propio 1 
Belzú... 

Belzú, mantiene una férrea dictadura' hasta que se fa¬ 
tiga del poder, y lo entrega a su hijo político JoVge Cór- 
dova. 



EN TORNO AL PANAMERICANISMO 


33 


Córdova, es depuesto por un golpe militar acaudillado 
por el General Linares, en 1857. 

Linares, gobierna hasta 1861, en que es derrocado y re¬ 
emplazado por Achá. 

Achá... 

Pero detengámonos aquí. La lista sigue, monótona: 
cuartelazos, motines, fugas, elecciones fraudulentas, exi¬ 
lios. .. ¿Puede llamarse a esto, “fiel y efectiva demo¬ 
cracia internacional”? (23). 

Algo parecido sucede en Méjico: los nombres de Santa 
Ana, Carranza, Porfirio Díaz, Plutarco Elias Calle y Ai- 
Varo Obregón, nó trascienden precisamente a Democra¬ 
cia (24). El Paraguay no conoce siquiera la existencia de 
gobiernos “constitucionales y libremente elegidos”. Vene¬ 
zuela, padeció la célebre dictadura de Gómez, que hizo 
gritar a Rafael Pocaterras: “Los padres de familia do 
Venezuela están incubando una generación de malhecho¬ 
res; las madres de Venezuela están pariendo una gene- 
tación de cretinos” (25). Todo lo cual, no es muy de¬ 
mocrático que digamos. 

Hoy día mismo... ¿se puede hablar de Democracia en 
Américana Hispana? Evidentemente, no. En Perú, el Pre¬ 
sidente Constitucional ha sido derribado por un motín 
limitar; en Solivia, se ha implantado el estado de sitio 
en «toda la nación, para impedir la insurrección de ele¬ 
mentos del antiguo gobierno, cuyo jefe fuera colgado de¬ 
mocráticamente de un farol; en Argentina, el Gobierno 
actual es sólo la legalización «de una revuelta militar an¬ 
terior; en Paraguay el Presidente acaba de sofocar —en 
forma bastante violenta— uno de los tantos motines ml- 


(23) Alcides Arguedas: “Pueblo Enfermo”. Cap. X: “De la 
sangre y el lodo en nuestra Historia”, págs. 179-221. Para es¬ 
tudiar las figuras de dos “presidentes” bolivianos, ver —del mis¬ 
mo autor— “Los Caudillos Bárbaros”. (Morales y Melgarejo). 

(24) Ver José Vasconcelos; “Breve Historia de Méjico”. 

(25) Alcides Arguedaa: “Pueblo Enfermo”. Pag. 128. 





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GONZALO VIAL CORREA 


litares de los últimos meses; en Centroamérica. los go¬ 
biernos cambian vertiginosamente día por medio, o bien 
—el extremo opuesto— se eternizan en el poder... 

¿Cómo puede la Unión Panamericana, defender nues¬ 
tra Democracia... si ésta no existe? 

No; las palabras de Portales, siguen valiendo para la 
América Hispana: “La Democracia que tanto pregonan 
los ilusos, es un absurdo en países como los americanos, 
llenos de vicios, y donde los ciudadanos carecen de toda 
virtud, como es necesario para establecer una verdadera 
República...” (Carta a Cea, 1822). 

0. Conclusión. 

A lo largo de este .trabajo, hemos probado —o creemos 
haber probado —que una Unión de Naciones debe cimen¬ 
tarse sobre un ideal; no, sobre factores exclusivamente 
materiales, como la geografía y la economía. 

Hemos visto, que se oponían a nuestra unión con los 
EE. TTU., la irreductible divergencia cultural; la diferen¬ 
cia de caracteres; y el racismo expansivo y atropellador 
de Norteamérica, del que ¡Méjico y Puerto Rico podrían 
contarnos algo más. 

Hemos probado que “nuestra salvación por la ‘Doctrina 
•Monroe’”, y “nuestra fiel y efectiva democracia inter¬ 
nacional”, son fantasías; y que >con esas fantasías no se 
puede justificar el Panamericanismo. 

No podemos, pues, aceptar éste. ¿Pero cuál será, en¬ 
tonces, nuestra actitud? 

“¿Odio al yanqui?” —dijo, hace tiempo, Gabriela Mis¬ 
tral—. }Nó! Nos está arrollando por culpa nuestra, por 
nuestra languidea tórrida, por nuestro fatalismo indio. 
Nos está disgregando por culpa de algunas de sus vir¬ 
tudes, y de todos nuestros vicios raciales. ¿Por qué odiar¬ 
les? Que odiemos lo que en nosotros nos hace vulnera¬ 
bles a su clavo de acero y de oro, a su voluntad y asti 
opulencia”. 



EN TORNO AL PANAMERICANISMO 


93 


Esto es indudablemente cierto: no debemos odiarle.,, 
pero debemos conocerle. Debemos saber que los EJE. ITU. 
son un pueblo imperialista, un pueblo que tiende a expan¬ 
dirse, por la fuerza misma de su riqueza fabulosa y de su 
racismo interior... No podemos impedir esta expansión, 
ni .tenemos por qué hacerlo, mientras ella no toque nues¬ 
tras esencias culturales, espirituales o políticas. Pero el 
Panamericanismo es un intento <de torcer esas esencias, 
de introducir en nuestra comunidad hispánica algo falso, 
folgo que nos es extraño, algo que nos repugna, algo que 
no es de América... 

. .la América nuestra que tenía poetas 
desde los viejos tiempos de Netzahualcóyotl, 
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco; 
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió; 
que consultó los astros, que conoéió la Atlántida» 
cuyo nombre nos llegia resonando en Platón; 
que desde los remotos momentos de su vida 
vive de luz, de ifuego, de perfume, de amor; 

Ra América del grande Monctezuma, del Inca, 
la América fragante de Cristóbal Colón, 

Sa América Católica, la América española, 
la América en que dijo el noble Guatemos: 

TTo no estoy en un lecho de rosas'; esa América 
que tiembla de huracanes y que vive de amor.. 

(¡Rubén -Darío — “A Roosavelt”). 


GONZALO 


VIAL 


COR. R E A 






EN LA AMISTAD DE LEON BLOY 


Ha muerto Georges Bernanos. En medio de la gris vulgari¬ 
dad espiritual que caracteriza en gran medida el mundo literario 
que siguió a la primera guerra mundial, la figura recia de este 
escritor se destaca como un verdadero símbolo de contradicción, 
Al igual que Bloy y Gide, Bernanos se define por su violenta 
oposición al mesurado ambiente burgués que trata de hacer de la 
vida y de la salvación un calmado y pacífico negocio lleno de com¬ 
ponendas, verdades a medias y gestos amables. Desde su primera 
obra ‘‘Bajo el sol de Satanás”, Bernanos no ha cejado en su em¬ 
peño de presentarnos el mundo y el hombre como una. viviente 
tragedia: el combate entre la Ciudad de Dios y las tinieblas. Nada 
hay fácil en V vida del hombre; a través de su ser, como si fuera 
un verdadero campo de batalla, luchan incansablemente la Gracia 
y el poder de Satán. Tan fuerte es en el autor este sentido de 
lucha qué a veces parece oscurecer totalmente el concepto de liber¬ 
tad. Desde la creatura totalmente determinada por fuerzas atávi¬ 
cas que la mueven —como la Mouchette de “Bajo el sol de Sa¬ 
tanás”, hasta el cura de campo de la obra que lleva ese nomjbre, 
todos los personajes de Bernanos están bajo la extraña, luz de 
ese combate tenaz, cuyo desenlace es tan misterioso e incierto que 
ni siquiera para el abnegado abate Donissan es seguro el triunfo. 
Muere en plena lucha, al igual que el cura de campo, sin que pueda 
entreverse si al final Satanás ha obtenido el triunfo o la Gracia ha 
expulsado totalmente las tinieblas. 

Sin duda alguna que los personajes de Bernanos no viven 
por completo en lo real. Profundamente impresionado por la pre¬ 
sencia del mal, sólo describe él la lucha, los equívocos, las arti¬ 
mañas diabólicas con apariencia de divinas, sin permitir jamás a sus 
atormentados personajes descamar en la luminosa . serenidad que 
da la Gracia. Y en ese sent'do sus obras son parcia’es, incomple¬ 
tas, y pueden inclinar a la desesperación. Pero por otra parte —y 
aquí está quizás el mayor mérito de es r e gr3n escritor-— ha sa¬ 
bido destacar, en cuadros vivísimos, la realidad de Satán. El De¬ 
monio no es un mito bueno para asustar a niños y viejos; es un 
ser creado y dotado de grandes condiciones naturales, y que, por 
misteriosos designios de la Providencia, concentra su enorme ca¬ 
pacidad en arrancar las almas, una a una, del reino de la Luz y 



EN LA AMISTAD DE LEON ELOY 


37 


de la Gracia. La mayor habilidad, quizás dd Príncipe de las Ti¬ 
nieblas consiste, en nuestros tiempos, en haber sido silenciado. 
Con razón afirma Gide que “si bien a Dios sólo se le (puede 
“ servir creyendo en El, no necesita el diablo que se crea en él 
“ para servirle. Al contrario, la mejor manera de servirle es igno- 
“ rarlo”. La atormentada misión de Beritanos ha "consistido en dar 
a conocer esta gran verdad. Misión áspera y que, como era ló¬ 
gico, ha debido despertar grandes reacciones. 'Para la mentalidad 
corriente que vive y desea continuar viviendo en un mundo apa 
rentemente equilibrado, bueno al estilo roussoniano y en el cual 
se puede, sin muchas molestias, asegurar el negocio individual de 
la salvación de la propia alma, es incómodo oír hablar de la reali¬ 
dad del demonio y de la necesidad de conquistar la salvación ; n 
dura y continua lucha. 

Otra ha sido también la razón del enconado ataque que el 
gran escritor experimentó en los últimos años. Su profundo co¬ 
nocimiento de la naturaleza humana y del sentido de la vida le 
impedía, como a otros espíritus independientes, aceptar los falsos 
mitos que mueven a los hombres. Así como supo oponerse re¬ 
suelto a los dogmas totalitarios, así tafnbién, en medio de la orgía 
de democracia, derechos del hombre y otras falsas fórmulas d« 
propaganda de la última guerra y post-guerra, Bernanos ha alza¬ 
do su poderosa voz. No acepta que la Verdad se identifique con 
uno u otro bando y con la misma fuerza con que atacó los prin¬ 
cipios anti-humanos del totalitarismo, fustiga la hipocresía y el 
engaño de parte de las potencias victoriosas. 

Una prueba de su independencia de espíritu, la dan las pági¬ 
nas que siguen, bellas y apasionadas, que traducimos especialmente 
como un homenaje a su memoria.— (N. de la R-). 

^ 3 ) s probable que un gran número de mis lectores no 
haya oído hablar jamás de Pirapora y que el nombre 
de San Francisco no despierte en ellos sino el recuerdo 
de gángsteres norte-americanos. Sin embargo, el San 
Francisco es uno de los ríos más grandes del inmei^o 
Brasil y Pirapora un grupo de casas blancas junto a sus 
riberas, entre palmeras y mangos. Pirapora es la última 
estación del Central brasileño; más allá no hay línea. 
Hacia Bolivia, Goyaz o el Matto Grosso, hasta el fabulo¬ 
so Amazonas, se extiende la selva sin caminos, el Seríao 





38 


GEORQE BERNANOS 


torturado cada año por la sed y que se pierde a miles 
de kilómetros de distancia en los pantanos del obscuro 
bosque ecuatorial, el bosque venenoso que guarda toda¬ 
vía sus secretos en sus ribazos putrefactos. Pues bien, 
apenas bajado del tren en la pequeña estación, con mi 
mujer y mis hijos, bajo el chaparrón gigante de un agua¬ 
cero brasileño, encontré a un joven mulato que venia a 
darme la bienvenida y que en la apoteosis de un cielo 
repentinamente despejado y que brillaba como un dia¬ 
mante, no 3 condujo a su casa para mostrarnos con arro¬ 
gancia el modesto anaquel donde guardaba sus libros. 
Al punto descubrí allí ‘ S E1 Desesperado’', “La mujer po¬ 
bre” y “La salvación por los judíos”. Porque América del 
Bur, toda entera, tiene culto por León Eloy. 

* * * 

«Sí, para miles de hombres dispersos en el mundo, ese 
viejo hombre es un amigo. Nadie, en apariencia, menos 
que él buscó la amistad; antes ia desconcertó, la desilu¬ 
sionó, a menudo la desafió, provocó, con una especie de 
cólera sagrada, como un creyente blasfema del Dios que 
adora y exige de él milagros. El milagro se ha cumpli¬ 
do. El que hacía violencia a los corazones ha en entra¬ 
do en ellos su reposo. Un cierto reposo que se había atre¬ 
vido a soñar desde la infancia y que él llamaba justa e 
ingenuamente la gloria —una gloría que no se disputa 
a nadie y que nadie le disputa, pues no exicte más que 
para él; nada tiene de común con la de esos muertos 
que la “alcanzaron"; ni es tampoco una “consagración". 
Este escritor —y lo fué al punto de no querer ser jamás 
otra cosa—, que reventó de hambre, que ejerció durante 
tantos años, de chiribitil en chiribitil, de propietario en 
propietario, el Sacramento de la Literatura, será siempre 
un extraño para los hombres de letras. Un momento. 





EN LA AMISTAD DE LEON ELOY 


39 


un breve momento, acaso hacia 1920, esos señores se 
sintieron visiblemente tentados de dar un sitio al muer¬ 
to, de tratarlo, por primera vez, como uno de ellos. Yo 
me decía para mí mismo que el viejo refractario debía 
revolcarse en su tumba, de cólera o de placer, ¿quién lo 
sabe? Pero los profesionales no soportaron mucho tiem¬ 
po al afLionaco genial, al viejo niño celoso de Dios, 
lleno de imágenes proféticas, al vagabundo ávido de for¬ 
tuna, cuya ingratitud legendaria era, como la genero¬ 
sidad, de estirpe real, al viejo corazón henchido de có¬ 
lera y desbordante de tenura, al justiciero lleno de per¬ 
dón. Después de dos o tres añas de esfuerzo meritorio 
para comprenderle, o al menos para coger su estilo, se 
han apartado de él de una vez por todas, pero no con 
el desprecio de antes, porque es preciso halagar al pú¬ 
blico y León Bloy es de los que llaman en su jerga, gui¬ 
ñando el ojo,~ un “valor”, un “nombre”. Nos han devuel¬ 
to, pues, a nuestro León Bloy, nuestro viejo Bloy, con 
sus cualidades, sus defectos, su orgullo de niño o de án¬ 
gel, sus chocantes prejuicios, sus balbuceos que a veces 
irrumpen en una imagen inmensa y como suspendida del 
cielo. Nuestro Bloy, nuestro viejo .Bloy que, según la 
predicción del bueno de su padre, ha errado en todo, 
pero que no nos ha equivocado a nosotros, sus amigos o 
sus discípulos, cuando menos sus ahijados, al mismo tí¬ 
tulo que Maritain o Van der ¡Moer. 

Sí, después de un rodeo postumo en los salones li¬ 
terarios a la moda, donde jamá9 quiso poner sus pies, 
mientras vivió, he aquí que ha vuelto, que nos juntamos 
con él en cualesquiera de esos míseros alojamentos que 
muy pocos de nosotros tuvieron la ocasión de franquear, 
pero donde todos los lectores de su incomparable diaiio 
han entrado a menudo en sueños. La lámpara de para¬ 
fina humea sobre la mesa, todavía hay una moneo a de 
cien centavos en. el cajón y una botella de vino sobre el 
mantel, donde la señora Bloy acaba de poner unos 



40 


GBQRQE BBRNANGS 


toscos vasos, mientras la dueña amenazadora hace oír 
sus chanclas en la escalera. Una vez más el Espíritu va 
a visitar a este buen hombre de cabellos grises, con su 
chaqueta de trabajo, su amplio pantalón de pana y sus- 
gruesos zapatos. Una vez más va a trasmitirnos el men¬ 
saje, del cual una parte se perderá acaso en su grueso 
mostacho galo donde brilla una gota de rojo vino, pero 
que conmoverá nuestras almas sin que sepamos nunca 
decir por qué. Es un hombre muy semejante al que en¬ 
contramos a diario en el ómnibus; a veces nos decep¬ 
ciona, nos irrita a menudo, asimismo nos hace sonreír 
y uno de esos asombrosos pequeños cangrejos que ha¬ 
blan hoy en día a nombre de la juventud, afirmará de 
buena gana que él no sabe lo que dice; acaso tampoco 
lo sabemos nosotros siempre muy bien, pero lo sabremos 
más tarde, el porvenir se encargará de hacérnoslo com¬ 
prender. El viejo no sabe lo que él dice, pero el Angel 
que habla en su alma, sabe por él... 

Oíd bien, cerrad los ojos. Estamos en 1900. París se 
duerme para despertar mañana a la labor cotidiana. La 
exposición está en su cúspide. El famoso tapiz rodante 
rueda todavía; las fuentes luminosas acaban de apagar¬ 
se y cada burgués parisiense, al desplegar sobre sus ro¬ 
dillas el lienzo de su camisa de dormir, se congratula de 
vivir en el siglo del 'Progreso pacífico y civilizador, de 
haber concluido una vez por todas con las Tiranos, los 
regímenes policíacos y los errores judiciales, el último de 
los cuales acaba de repararse gracias a un ingenioso 
escamoteo jurídico por la rehabilitación solemne del ca¬ 
pitán Dreyfus. París se duerme y el viejo peregrino, 
mientras muerde su mostacho, lee página tras página en 
un silencio religioso. Peregrino de un mundo todavía 
por nacer y del que ya, sin embargo, él viene de vuelta. 
Porque precisamente es nuestro mundo el que anuncia y 
los auditores subyugados le distinguen vagamente a tra- 




EN LA AMISTAD DE -LEON ELOY 


41 


vés de las imágenes y los símbolos de ese- estilo de opu¬ 
lencia bizantina, como se percibe entre las fuertes pi¬ 
lastras del Arco de Triunfo descender un sol de fuego. 

i Oh, sin duda, el mismo peregrino no sabría dar 
cuenta de su viaje con la precisión del geógrafo...! 

Entre dos lecturas, con las manos algo temblorosas 
y la mirada ausente, se pregunta dónde ha podido ver 
lo que intenta pintar, dónde ha oído lo que se esfuerza 
en repetir en un lenguaje inteligible. Pero, pensemos. 
¿Habría acaso procedido de otro modo si le hubiera sido 
dado explorar realmente cada noche sin ser visto por 
esos millones y millones de hombres que reposan tran¬ 
quilamente en el lecho, el mundo, nuestro mundo, el 
mundo de los Dictadores y de sus inmensos osarios? Más 
de medio siglo antes, cuando el pequeño Hitler era un 
niño inocente, parecía haber deletreado en sueño el 
nombre de los nuevos dioses, erraba por los Dachau y 
los Buehenwald, o en los otros campos de agonía que no 
■conocemos todavía, que no conoceremos jamás, allá lejos, 
en las fronteras del Asia, al borde del Mar Glacial; ha 
respirado el olor de los hornos crematorios, sentido pe¬ 
garse a su cuerpo el grasicnto hollín humano, ha visto 
desplomarse las ciudades bajo la luna y el cielo de Dios, 
el cielo inocente, abrirse de parto a parte por la llama¬ 
rada enceguecedora de la bomba atómica; pero de estas 
visiones, llegado el momento de revelarlas al mundo, no 
le queda más que el horror y 13- certidumbre de que este 
horror no miente. ¡No importa! Su testimonio no es el 
de un hombre que prevé, sino de un hombre que ve, que 
es el único que ve lo que él ve, con los ojos fijos sobre 
ese punto de la historia, apuntando el índice, entre la 

masa horrible de los bodoques. 

•* 

* * * 

¿Guál es la parte profética del mensaje de León 
Bloy, del que se llamaba a sí mismo el Mendigo Ingra- 




42 


GEORGE BERNANOS 


to? Creo que la respuesta nos la proporciona su mismo 
nombre. León Bloy ha sido el profeta de los Pobres, de 
los verdaderos Pobres, de las últimas sobrevivencias de la 
vieja Cristiandad de los Pobres. A menudo ha compara¬ 
do el pueblo de los Pobres con el pueblo judío. El pueblo 
judío tuvo sus profetas y del último de ellos hasta la 
venida del Mesías, o -sea, hasta que este pueblo ¡fué de¬ 
finitivamente desechado, se cuentan más de quinientos 
años, quinientos años de silencio. Me pregunto si León 
Bloy no es el último profeta del pueblo de los Pobres, 
me pregunto, si este pueblo, a su vez, no será finalmen¬ 
te desechado. Se encuentra en el Evangelio una pala¬ 
bra bien singular y hecha para incomodar a los profe¬ 
sores de optimismo: “Cuando yo vuelva, ¿encontraré 
acaso amigos entre vosotros?” (*). Pero, precisamente, 
los verdaderos amigos de Cristo son los pobres. ¿Encon¬ 
trará El aún pobres, verdaderos pobres? 

* * * 

A semejante pregunta, algún imbécil contestará: 
“¡Espero que no!”, con aquella mueca que se advierte 
en la faz del imbécil cada vez que él se traga una falsa 
evidencia, como un pato engulle una babosa. ¡Oh!, sin 
duda, la verdad que anuncio no me valdrá jamás un 
asiento en la Cámara'ni un sillón en la Academia desde 
que las “inquietudes” del señor Mauriac han tomado un 
carácter francamente social. No importa. Hay un mis¬ 
terio en la Pobreza y yo no soy suficientemente cobarde 
para hacerme el que creo que ella no es más que un 
problema general de economía po’ítica por resolver. 
¿Será preciso volver sobre la distinción hecha, entre 


(*) Esta cita bíblica de Bernanos es incorrecta. El textc 
exacto de la frase de Cristo es: “'Pero cuando venga el Hijo de: 
hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Luc. 18, 8). 









BN LA AMISTAD DE LEON BLOY 43 


otros por Péguy, entre los pobres y los miserables? El 
miserable «degradado, deshumanizado por la miseria, no 
puede sino dar el testimonio de la horrible injusticia que 
se le ha hecho; pero el Pobre es el testigo de Jesucris¬ 
to. Me atrevo a describir que una sociedad sin pobres 
es cristianamente inconcebible y si nadie Lene el co¬ 
raje de escribirlo después que yo, estimo que no he vi¬ 
vido en vano. ¿Queréis una sociedad sin pobres? No ten¬ 
dréis sino una sociedad inhumana, o más bien, ya la 
tenéis. La inocente pobreza que habéis creído destruir 
reaparecerá bajo otras formas" atroces, bajo las cuales 
no la reconoceréis. Si un porvenir inmediato me da pres¬ 
to la razón de manera trágica, ¿qué me importa vuestro 
escándalo? Hay una fuerza oculta en la pobreza, compa¬ 
rable a la que nuestros sabios acaban de liberar en una 
materia en que sus predecesores no quisieron conocer 
sino la inercia. La desintegración de la Pobreza no os 
dará menos sorpresas que la otra. 

♦ * * 


El mundo moderno tiene dos enemigos, la infancia 
y la pobreza. En una civilización técnica donde la sola 
regla es la eficacia, ¿qué es la infancia sino un período 
ineficaz de la vida que se trata de acortar lo más po¬ 
sible y hasta ce suprimir? Suprimir la infancia, iqué 
enorme recuperación de trabajo y de energía! La infan¬ 
cia no sirve para gran cosa y la pobreza no. sirve para 
nada. Hay una superstición de la Pobreza que parece 
tener un sitio bien modesto en el conjunto del catoli¬ 
cismo y cuando se la examina más de cerca se apercibe 
que es allí como la bisagra de la puerta. El primer 
deber del mundo moderno es destruir esta superstición 
y no es posible destruirla sin suprimir a los pobres, ha¬ 
ciendo del pobre un ciudadano como los otros, en nada 




GEORGE BBRNANOS 


44 


distinto de los demás, que no dé el escándalo Intolera¬ 
ble de poder vivir sin confort, de parecer asimismo des¬ 
preciar el confort, ese confort que tiene en la sociedad 
actual el lugar que ocupaba -en la otra la idea de sal¬ 
vación, el confort a cuyo nombre el Estado pretende 
disponer de nuestros bienes, de nuestros trabajos, de 
nuestras vidas, de nuestras conciencias y hacer de nos¬ 
otros, al ifin de cuentas, simples "‘robots”. Puesto que 
el “robot” para el mundo moderno, es el hombre sal¬ 
vado. 

* * * 

Esta sociedad no quiere a los pobres, y sería muy 
bobo, quien creyera que es por sensibilidad de corazón o 
de entrañas, puesto que la vemos obrar, sacamos la cuen 
ta de sus osar|os, de sus prisiones, de su campos de tor¬ 
tura, de sus laboratorios de muerte, y sabemos perfecta¬ 
mente que si la Historia nos presenta sociedades tan fe¬ 
roces como ella, por lo menos no se ha conocido jamás 
otra tan espontánea y tan lúcida en la ferocidad. La so¬ 
ciedad moderna no quiere a los pobres por la misma 
razón que no quería a los nobles s ! i tuviera aún bastan¬ 
te honor o sólo prestigio para hacerlos. Ella no puede 
comprender, ella no quiere comprender que la pobreza es 
también una liberación, que el destino de la libertad hu¬ 
mana está misteriosamente unido en el mundo al de la 
pobreza. La Pobreza hace hombres libres, de una liber¬ 
tar inocente, que no es evidentemente la de los santos, 
es decir de los pobres de espíritu, de los pobres volun¬ 
tarias, de las víctimas voluntarias de la] pobreza, pero 
que basta para 1 conservar entre nosotros ese fuego ocul¬ 
to en las cenizas del que se eleva, de generación en ge¬ 
neración, la alta llama del amor puro. Porque la liber¬ 
tad del santo no es sin duda otra cosa que la libertad del 









■EN LA AMISTAD DE LEON ELOY 


46 


pobre enteramente sobrenaturalizado, como el hierro en 
la fragua que del rojo oscuro pasa al blanco. 

* * * 

¿No tenéis más necesidad, de pobres que de santos, 
decís? Sea. Pronto veréis lo que podrá ser una sociedad 
sin santos y sin pobres. Por un pobre de menos tendréis 
cien monstruos, y por un santo de menos tendréis de 
aquéllos cien mil. ¡Oh!, sin duda que hablando así, sé 
bien yo lo que arriesgo. Es mucho más peligroso anun¬ 
ciar el Evangelio a los pobres que a los ricos, pues los 
ricos os toman simplemente por un loco, pero con los po¬ 
bres os exponéis a que os odien o desprecien como traidor. 
Si los social-cristianos no fueran las más de las veces 
otra cosa que feminoides equivocados, cuya misma sin¬ 
ceridad es algo malsano, no se harían tantas ilusiones 
acerca de la suerte reservada a los que ven en el pobre 
al mismo Cristo, y no abordan sino bajo este espíritu el 
problema de la pobreza. Claro, más de uno de los que 
me leen tiene en los labios, en este momento, la frase 
de los Apóstoles: “Estas verdades son duras’'. ¡Ah, si me 
pertenecieran, con cuánto gusto os las abandonaría! 
Pero este escándalo no es mió. El escándalo es que Dios 
ha santificado el estado de pobreza, puesto que nadie se 
atrevería a sostener que lo que ha sido prometido al 
pobre, se debe al pobre que se ha hecho rico. Lo que El 
bendice en el pobre, en efecto, es el estado de pobreza, 
no la persona del pobre. -Podréis, cristianos, hacer y decir 
cosas hermosas, pero el pobre no comprenderá realmen¬ 
te vuestro lenguaje sino cuando él es cristiano, y los 
otros acabarán por poneros en cruz —por error— como 
ellos pusieron en cruz a Jesucristo. Porque los judíos 
pobres no fueron menos responsables de Su muerte que 
los ricos. Después de todo, esas gentes de Nazareth 
—entre ellos sus propios parientes— que le hablaron tan 







46 


GEORGE BBRNANQS 


duramente, cuyos corazones tan cruelmente embaucados 
y heridos rechazaron sus milagros, no eran ciertamente 
rentistas... 

♦ * * 

¡Imbéciles! Os veo cada día poner vuestra mano en 
el corazón y entornar los ojos para jurar al marxista 
chocarrero que amáis los pobres tanto como él. ¡Cobar¬ 
des! Si hubieseis merecido una sola vez en la vida el 
nombre de cristiano, amaríais a los pobres más que él, 
aunque de otra manera, pero no os atrevéis a decírselo 
o buscáis una manera de hacérselo agradable a su amor 
propio. Y bien, no la encontráis. Todo lo que hagáis 
será inútil frente a un hombre para el cual la palabra 
“santa” aplicada a la pobreza, no sólo carece de sentí- J 
do, sino que es una peligrosa impostura. En vano pro¬ 
testaréis que, santa o no, la pobreza no os parece en 
modo alguno un mal, pues os dirá que constituye para él 
el peor de los males. ¿Y os atreveréis a sostener que la 
pobreza es el peor de los males? ¿Quién de vosotros no 
preferiría morir bajo el pellejo de un mendigo resigna¬ 
do a la voluntad de Dios, que bajo el de un rentista 
honrado, pero egoísta y apegado al confort? ¿No nos su¬ 
cede acaso con la pobreza lo mismo que con cualquiera 

. 

otra injusticia? Sabemos que el * sufrimiento puede ser 
causa de condenación de quien lo origina, pero tenemos 
la certidumbre de que el sufrimiento aceptado sobrena¬ 
turalmente diviniza. Un mal capaz de divinizar al hom¬ 
bre no es un mal como cualquier otro; no podríamos es¬ 
trangularlo como una bestia repugnante, o barrerlo como 
a una basura. La pobreza es una de las revelaciones 
del dolor del hombre, y no podemos pensar del dolor lo 
que de él piensa el camarada que no tiene para el futuro 
otra perspectiva que un salto en el vacío..-. Nuestra 
actitud frente al dolor no puede ser la misma de ese ca- 



EN LA AMISTAD DE LEON BLOY 


47 


marada. San Pablo exhortaba en su tiempo a los escla¬ 
vos cristianos a honrar a sus amos, aunque fuesen ellos 
de carácter difícil, y (Dios sabe lo que a menudo signifi¬ 
caba por entoces esa palabra difícil! Pues bien, el dolor, 
bajo cualquiera forma, es el más difícil de los amos, y 
entre ese amo y nosotros, desde hace dos mil años, es:á 
Dios. Esto es lo que nos torna muy circunspectos. Dios 
nos hace un deber aliviar a los que sufren, pero todo 
alivio no es igualmente legítimo a nuestros ojos. Pues 
no podemos negar que la revuelta no sea asimismo un 
alivio, me refiero a la revuelta del alma, al grito de 
maldición salido de las entrañas, al odio enceguecedor 
que sabe a hiel y a la blasfemia que es como el espas¬ 
mo de un odio que se alza del hombre a Dios, como un 
salto en una breve y negra inconsciencia. Sin embargo, 
no somos libres para usar de semejante remedio en favor 
del miserable. Debemos negarle el consuelo de odiar, 
aunque nos sacrifique en su furor a aquéllos que no 
contentos de encontrar como nosotros excusas a su odio, 
lo aprueban sin reservas y odian con él. ¡Impostores! 
Si, yo os veo inscribir más o menos en vuestros pro¬ 
gramas la supresión de la pobreza. ¿Llegaréis, sin escrú¬ 
pulo, hasta inscribir allí la supresión del dolor? Cuando 
vuestros laboratorios, perfeccionada ya la bomba ató¬ 
mica, descubran mañana un antidoto contra el sufri¬ 
miento moral y físico cien veces más activo que la mor¬ 
fina y capaz de transformar cualquier sufrimiento —la 
angustia religiosa, por ejemplo, o la de los remordimien¬ 
tos— en una desatada euforia, ¿os atreveríais a negar 
que semejante victoria sería alcanzada contra Cristo y 
para el definitivo envilecimiento del género humano? 

* * * 

Los cristianos comunizantes y esos pobres bobalico¬ 
nes que creen en el apostolado de lo social como antes 




48 


GEOR-GE BEIRNANOS 


creyeron en el del sport, son perfectamente libres de 
encontrar mis principios intolerables. Los conozco. Me 
llevarán a un rincón para cuchichiarme que mi razona¬ 
miento no es del todo falso, pero que amenazo compro¬ 
meter el gran movimiento de masas hacia la Iglesia. 
“Tenéis razón, pero no conviene decirlo’’. He aquí lo 
que les he escuchado toda mi vida, respirando su acre 
aliento. Escribiendo como escribo, no traiciono al pue¬ 
blo, son ellos ' los que lo traicionan. Ni ellos, ni nadie, 

v 

retornarán las masas a Dios, por la sencilla razón de que 
esas masas ya han -escogido. Mientras los breves mili¬ 
tantes utilizan a diestra y siniestra la palabra “cons¬ 
ciente”, me digo que esta obsesión verbal no deja de te¬ 
ner su causa. La horrible civilización mecánica no sólo 
ha proletarizado a los hombres, ella ha proletarizado las 
conciencias. Ha permitido que se forme en la masa una 
conciencia de masa y Dos mismo no sabría salvar un 
mundo en que se entrechoquen los Cíclopes. El 'Cíclope 
no pertenece al orden de la Redención y el amor que 
siento a los pobres no me permite hacerme ilusiones 
sobre este punto capital. El Cíclope proletario no vale 
más que el Cíclope nazi: es propio del Cíclope aplastar. 

No es mi oficio aplastar. El brutal aplastamiento de 
una injusticia no puede llevar sino a una injusticia ma¬ 
yor, como arrancar un furúnculo provoca un flemón. En 
esa masa que tarde o temprano pasará encima de mí, 
sé que hay hombres cuya conciencia no ha sido por en¬ 
tero absorbida por la masa, y es a ellos a quienes me 
dirijo. No les hablaré en el lenguaje del Cíclope, como 
tratan de hacerlo, desde luego sin éxito, los demócratas 
cristianos. El peor enemigo de la raza alemana era el 
Cíclope racista alemán. El peor enemigo del pueblo es 
el cíclope populista. 



EN LA AMISTAD DE LEON BLOY 


49 


M. Mandouze me escribía, en días pasados, que al 
lado de los pobres él es>tá seguro de no equivocarse. Se¬ 
mejante seguridad me espanta. 'Lo difícil para un cris¬ 
tiano no es encontrarse al lado del Pobre, sino encon¬ 
trarse allí con Jesucristo —de servir a Jesucristo en el 
Pobre y al Pobre en Jesucristo. Creéis compartir con el 
marxismo su revuelta contra la injusticia y no partici¬ 
páis en absoluto de ella. Os subleváis contra un cierto 
número —tan grande como queráis suponerlo— de in¬ 
justicias. En cambio, el marxista se subleva contra la 
misma condición humana, es decir, contra el Pecado 
original. Pretende organizar el mundo como si el Peca¬ 
do original no existiera, o no fuese, como él lo cree, sino 
una invención de la clase explotadora, y acaso es más 
grave, o al menos más dañino para el hombre, negar el 
pecado original que negar a Dios. 


GEORG ES BERNA NOS 






1 6 4 8. UNA CRISIS HISTORICA 


Al cumplirse tres siglos del Tratado 
de Westfalia, bien vale la pena destacar 
su gran importancia y su tremenda in¬ 
fluencia en la crisis de la conciencia espi¬ 
ritual de Occidente. 

El 25 de octubre de 1648 se echaron a vuelo las cam¬ 
panas de las iglesias de Münster para anunciar a los 
pueblos que había sonado la hora de la paz. Llegaba 
a su fin la gran Guerra que durante treinta años ha¬ 
bía devastado a Alemania y conmovido a Europa. Habla 
terminado la última y la más grande de las guerras 
religiosas. En los torrentes de sangre se había ahogado 
el fervoroso impulso religioso de la Contrarreforma. 
Europa se despedía definitivamente de la Edad 'Media. 
Nuevas (fuerzas y nuevas ideas regirían en el futuro el 
destino de Occidente. 

El venerable edificio del Santo Imperio se hallaba en 
ruinas y Alemania estaba destruida. Donde antes se 
habían levantado florecientes ciudades, agonizaban aho¬ 
ra pobres criaturas en medio deja destrucción, y los 
Dértiles campos estaban invadidos por la selva, y los pan¬ 
tanos. Reinaban la miseria y la desesperación, y se ha¬ 
bía apagado la alegría. 

Aun muchos siglos después, las generaciones conser¬ 
vaban el recuerdo de la catástrofe, y la tradición po¬ 
pular mantenía vivas las obscuras imágenes de la te¬ 
rrible contienda; sus protagonistas siguieron siendo 
figuras vivas, las encarnaciones sobrehumanas del furor 
bélico y de la luchá' despiadada. 

He ahí a Wallenstein, figura enigmática, representan¬ 
te típico de este período de transición: racionalista y 
supersticioso, orgulloso y convencido de su propio poder 








UNA CRISIS HISTORICA 


51 


a la vez, escéptico y fatalista que hace depender su sino 
de los astros; reservado y desconfiado y, sin embargo, 
es capaz de infundir admiración y aún el cariño; gra¬ 
cias a su poderosa personalidad logra mantener la uni¬ 
dad y la disciplina entre los millares de centenarios que 
pertenecen a todos los pueblos y todas las confesiones 
y que siguen a las gloriosas estandartes del generalí¬ 
simo imperial, porque creen y confían en él y, sirviéndo¬ 
le, esperan conquistar gloria y rico botín. 

He ahí a Tilly, el anciano general de la Liga Cató¬ 
lica, veterano de cientos de batallas, para quien la gue¬ 
rra es un duro y penoso quehacer que sólo es lícito 
cuando se han agotado todos los otros medios para so¬ 
lucionar los conflictos entre los hombres; quien reza a 
la Santísima Virgen para que le dé fuerza para poder 
soportar las tremendas pruebas que le esperan en el 
campo de batalla. Duro e inflexible cuando es necesa¬ 
rio, pero también suave y bondadoso, un padre para sus 
soldados. 

He ahí a Gustavo Adolfo, el rey sueco; venerado por 
los suyos y los luteranos alemanes como héroe del pro¬ 
testantismo; un dios nórdico, entusiasta y capaz de in¬ 
fundir entusiasmo; un tardío hijo de los antiguos hé¬ 
roes normandos que, al igual que éstos, se lanza al 
combate sin conocer el temor y sin contar el número de 
ios adversarios y que cae en el campo de batalla, con¬ 
quistando con la muerte el triunfo. 

He ahí al lansquenete que no pregunta para quién y 
por qué lucha, que sólo se interesa por el botín, y que 
derrocha el oro y las joyas que ha ganado dando muerte 
a ancianos y mujeres, incendiando las ciudades y sa¬ 
queando las aldeas. He ahí a los suecos y franceses, los 
croatas y eslovenos que recorren las tierras extranjera^, 
satisfaciendo su sed de sangre y su deseo de ganar fácn 
botín y que sirven a los intereses de sus monarcas para 
quienes la guerra fratricida alemana es la oportunidad 





52 


RICARDO KREBS 


de ensanchar sus territorios y aniquilar a la odiada di¬ 
nastía Habsburgo. 

Antes de que las últimas conflagraciones conmoviera i 
a Occidente y el mundo, e hicieran aparecer pequeñas 
todas las luchas que en otros tiempos sacudieron al gé¬ 
nero humano, los pueblos de la Europa central recor¬ 
daban la Guerra de los Treinta Años como la mayor 
catástrofe que había afectado al continente europeo 
desde los obscuros días de la caída del antiguo Imperio 
(Romano. Y en efecto, la Gran Guerra fué una catastro* 
fe, no sólo por haber sembrado la destrucción y la 
muerte, sino por hundirse entonces definitivamente toda 
una civilización milenaria. 

Así como en medio de las luchas que se produjeron 
a raíz de las invasiones de los pueblos germánicos se 
hundieron el imperio Romano y la civilización antigua; 
así como bajo las ruinas, dejadas por las últimas gue¬ 
rras mundiales, quedó sepultada la civilización que Eu¬ 
ropa había elaborado durante la Epoca moderna; así 
la Guerra de los Treinta Años marcó, definitivamente, 
el hundimiento de la civilización medioeval. 

La Edad Media había emprendido el grandioso inten¬ 
to de realizar el Reino en la tierra, siendo el resultado 
de estos sueños y esfuerzos la formación de una civili¬ 
zación homogénea y universal, basada en la religión 
cristiana. Dos instituciones universales, la Iglesia y el 
Imperio, gobernaban la República cristiana y trataban 
de conducir a los pueblos y hombres a la salvación 
eterna y a una vida conforme los mandamientos de 
Cristo. 

A partir del siglo XIV, empieza a debilitarse el im¬ 
pulso religioso y declinan las tendencias e instituciones 
<yue habían dado su contenido a la civilización medio¬ 
eval. Decae la caballería. Surgen las ciudades y la bur¬ 
guesía. Degenera el sistema feudal y nacen nuevas ins¬ 
tituciones económico-socíales y políticas. Aflora el na- 




UNIA CRISIS HISTORICA 


53 


cionalismo. El ¡Santo Imperio se desmorona y pierde su 
universalidad. La Iglesia atraviesa por graves crisis. El 
Papado queda sujeto a la influencia política de la co¬ 
rona francesa. El Gran Cisma debilita la autoridad 
papal. Los Concilios quieren arrogarse derechos por en¬ 
cima del Sumo Pontífice. La Escolástica se estanca y se 
pierde en estériles discusiones. Surgen y se multiplican 
los movimientos sectarios y heréticos. Un nuevo espí¬ 
ritu empieza a regir entre los hombres. 

La revolución que se venia preparando, hace explo¬ 
sión durante el Renacimiento. Un pensar humano y te¬ 
rreno invade las artes y letras. El individualismo, el 
racionalismo y el deseo^ de gozar de los bienes del mun¬ 
do celebran sus primeros triunfos. Se desarrollan nue¬ 
vos conceptos del Estado y de la sociedad. Lo político 
se emancipa de la moral y la religión. El hombre, su¬ 
jeto entonces a un fin metafísica e incorporado a una 
sociedad orgánica y corporativa, busca y encuentra aho¬ 
ra la .felicidad en el desarrollo de su personalidad y 
hace de su propio ser la ley de su actuar. 

Lutero y Cal vino se levantan contra la Iglesia Ca¬ 
tólica y, al extenderse los movimientos protestantes por 
Alemania, Escandinavia, los Países Bajos y las islas Bri¬ 
tánicas, gran parte de Europa se sustrae a la autoridad 
del Sumo Pontífice y se rompe el último vínculo que 
aún mantenía unidos a los pueblos europeos. 

El Santo Imperio ha dejado de ser una meta y una 
idea. Empieza a organizarse el Estado moderno sobre 
una base nacional e impulsado por la voluntad de poder 
Con la histórica expedición del rey francés, Carlos 
VIII, a Lombardía, se inicia la lucha entre las grandes 
potencias europeas por la hegemonía sobre el conti¬ 
nente. 

En medio del caos político y espiritual, parecía hun¬ 
dirse la República cristiana. Sin embargo, aun conser. 
vaban su vigor las fuerzas tradicionales. La Iglesia se 





54 


RICARDO KREíRS 


reorganizó en Trente e inició la lucha contra la Refor¬ 
ma. La Compañía de Jesús se puso al servicio del Papa¬ 
do y, renovando la* teología y desarrollando una nueva 
pedagogía racional-religiosa, creó los instrumentos para 
combatir el espíritu renacentista y herético. Santa Te¬ 
resa y San Juan de la Cruz imprimieron a la fe el calor 
de su mística. El Barroco y, en particular, el Barroco 
español continuaron y superaron el gótico y ze plantea¬ 
ron nuevamente el problema del hombre frente a su 
destino eterno. 

Carlos V recogió la secular idea imperial y luchó por 
dar nueva vida al Santo Imperio, como institución uni¬ 
versal que, respetando y protegiendo los intereses na¬ 
cionales y regionales, debían superarlos para dar. paz y 
Justicia a la cristiandad. La misma idea imperial —idea 
política y religiosa— que impulsó a España y su dinas¬ 
tía a luchar en el viejo continente contra los herejes 
e infieles, señaló los rumbos a los conquistadores y mi¬ 
sioneros al emprender la colonización y cristianización 
del Nuevo Mundo. 

Pero mientras la doctrina cristiana se extiende por 
ultramar y mientras Don Juan de Austria conquista en 
Lepanto el mayor triunfo que hasta entonces la cris¬ 
tiandad había alcanzado en la secular lucha contra 
Mahoma, continúan dentro de la cristiandad las esci¬ 
siones confesionales. Inglaterra se separa del seno de 
la Iglesia y pronto se producen aquí las riñas entre las 
mismas sectas que arrastrarían al país a la guerra civil. 
Y cuando a fines del siglo XVII los grupos confe Tona¬ 
les hacen la paz, entonces la hacen renunciando al prin¬ 
cipio de que la vida y la sociedad deben regirse por una 
verdad única. Se establece la unidad política, prescin¬ 
diendo de la unidad religiosa y se proclama la toleran¬ 
cia y la libertad de cultos como nuevo principio para la 
vida espiritual y la convivencia entre los hombres. 



i 


55 


UNA CRISIS HISTORICA 


Idéntico desarrollo toman los acontecimientos en 
Francia. Durante la segunda mitad del siglo XVI, Fran¬ 
cia se ve agitada y llevada al borde de la ruina total 
por las violentas luchas entre las fuerzas católicas y los 
hugonotes. Cuando Enrique IV logra restablecer la au¬ 
toridad regia y la unidad nacional, obliga a los bandos 
en pugna a renunciar a la unidad religiosa, y promulga 
el Edicto de Nantes que garantiza la libertad de cultos 
a los hugonotes. 

Durante este período en que se dedinía el porvenir de 
las grandes monarquías de la Europa occidental, Ale¬ 
mania se había mantenido al margen de los aconteci¬ 
mientos. Los poderosos esfuerzos que había realizado 
Carlos V para restablecer la unidad política y religiosa 
habían sido frustrados por la oposición de los príncipes 
y los luteranos. En 1555 se firmó la paz de Augsburgo 
que estableció la paridad entre católicos y protestan¬ 
tes, estipulando que cada uno debía seguir la religión 
de su príncipe: cuius regio, eius religio. 

Pronto se vió que la Paz de Augsburgo era sólo una 
tregua y gradualmente se fué agudizando la crisis. En 
los años en que Francia ya había puesto fin a la guerra 
civil y en que Enrique TV y Richelieu estaban forjando 
la Francia moderna, se prepararon en Alemania los gru¬ 
pos religiosos para la contienda final. 

/. En el año 1608, los príncipes protestantes pactaron la 
Unión evangélica, baio la dirección del elector del Pa- 
-latinado Federico. Al año siguiente, se unieron también 
los príncipes católicos, organizando el duque de Bavie- 
ra, Maximiliano, la Santa Liga. 

Los sucesores de Carlos V en el trono imperial habían 
seguido una política de neutralidad, sin tomar ningu¬ 
na medida contra la expansión del protestantismo. 
Pero cuando ciñó la corona Fernando II, tomó el cetro 
un decidido representante del espíritu contrarreformis- 
ta. Fernando n reaccionó enérgicamente contra la Re- 





56 


RICARDO KREBS 


forma que estaba invadiendo los territorios Habsburgos. 
Sus medidas provocaron la protesta de los Estamentos 
de Bohemia. Sus representantes iniciaron negociaciones 
con los embajadores del emperador, pero no se pudo 
llegar a ningún entendimiento. Después de agitada dis¬ 
cusión, los consejeros imperiales fueron arrojados por las 
ventanas del Hradchin en Praga. La “defenestración'* 
de Praga sería el prólogo de la Gran Guerra (1618). 

Los Estamentos de Bohemia eligieron rey a Federico, 
el elector del Palatinado, emancipándose así de la so¬ 
beranía Habsburga. La designación de Federico como rey 
de Bohemia significaba un peligro mortal para los in¬ 
tereses de Habsburgo y para la causa católica en Ale¬ 
mania. La corona bohemia daba a los príncipes pro¬ 
testantes la mayoría en el Colegio de Electores, con la 
posibilidad de elegir a un emperador protestante. La 
revolución en Bohemia y el triunfo del protestantismo 
ponían en peligro la autoridad de Fernando n y la 
existencia del catolicismo en el resto de sus territorios. 

Frente al peligro general, el emperador recibió el apo¬ 
yo de Maximiliano de Baviera, de la Liga y de España. 
En cambio, el bloque protestante se deshizo: la Unión 
evangélica no brindó ninguna ayuda a su dirigente, por 
temor de que éste se hiciese demasiado poderoso. Las 
grandes potencias calvinistas: Inglaterra y los Países 
Bajos, se mantuvieron neutrales. 

Tilly, el general de la Liga, obtuvo un brillante triun¬ 
fo en el Monte Blanco, cerca de Praga (1620). Federico 
tuvo que huir en precipitada fuga. Bohemia volvió bajo 
el cetro Habsburgo, y se restableció el catolicismo. 

Había terminado la guerra en Bohemia; pero empezó 
ahora la guerra en Alemania. Federico fué proscrito, y 
se comisionó a Tilly ejecutar el edicto de proscripción. 
En poco tiempo, el Palatinado fué ocupado. Maximilia¬ 
no obtuvo la mayor parte del Palatinado, como también 
el título de elector. El Palatinado occidental fué en- 






UNA CRISIS HISTORICA 


57 


t-regado a España, como recompensa por su ayuda y para 
robustecer su posición en los 'Países Bajos y estrechar 
el cerco en torno de Francia. 

Los grandes éxitos del catolicismo y la expansión del 

♦ 

poder imperial hacia el Rhin y el norte de Alemania 
alarmaron a las potencias protestantes. Se unieron In¬ 
glaterra, Holanda y Dinamarca, y el rey danés Cristian 
IV se preparó para acudir con sus ejércitos en ayuda 
del protestantismo alemán. Al mismo tiempo, se enta¬ 
blaron negociaciones con el Sultán para que éste ata¬ 
cara a Austria desde el Sudeste. 

Mas, los turcos tuvieron dificultades en el Asia y no 
pudieron iniciar la campaña. Y el rey danés fracasó 
igualmente. El emperador que hasta entonces había de¬ 
pendido de las fuerzas de la Liga, pudo disponer ahora 
de un ejército propio que fué organizado por Wallen- 
stein. Tilly y Wallenstein conquistaron todo el norte de 
Alemania y derrotaron al rey danés, persiguiéndolo 
hasta Jutlandia. Cristián IV tuvo que hacer la paz; 
conservó su reino íntegramente, pero hubo de compro¬ 
meterse a no intervenir más en los asuntos alemanes. 

Parecía haber terminado la guerra y parecía termi¬ 
nar con un triunfo completo del emperador y de la 
causa católica. Toda Alemania estaba a merced de Fer¬ 
nando II quien tenía en sus manos un poder tan gran¬ 
de como no lo había poseído ninguno de sus antece¬ 
sores en el trono imperial, ni aún los poderosos empe¬ 
radores de la alta Edad Media. 

Ofrecíase ahora la gran oportunidad de restaurar ia 
Iglesia y de organizar el imperio en forma unitaria. 
Estos dos problemas estaban estrechamente relaciona¬ 
dos, en vista de que los príncipes protestantes, al pro¬ 
pio tiempo de defender el luteranismo, eran también 
los más celosos defensores de sus poderes territoriales. 
Sin embargo, a- pesar de estar tan estrechamente en¬ 
trelazados, eran dos problemas distintos, puesto que las 




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RICARDO KRERS 


libertades territoriales eran defendidas también por los 
príncipes católicos. Estos habían brindado todo su apo¬ 
yo al emperador para reprimir las herejías, pero no 
estaban dispuestos a renunciar a sus poderes. Ahora, 
después de los grandes triunfos de Fernando II y al 
ver que éste disponía de un ejército propio que lo con¬ 
vertía en el monarca más poderoso del continente y 
que estaba comandado por el general más destacado de 
su tiempo, los príncipes católicos empezaron a teme: 
por su independencia y comenzaron a oponerse a la 
prepotencia imperial. 

Fernando II se veía frente a una cruel alternativa. 
Debía elegir entre los fines políticos y los religiosos. 
Wallenstein le sugería aprovechar todo su poderío mi¬ 
litar para aplastar a los príncipes territoriales, tanto 
protestantes como católicos. Pero para esto era necesa¬ 
rio que el emperador se dirigiese contra la Santa Liga 
y los príncipes que la integraban, contra todos su alia¬ 
dos en la lucha común por la restauración del catoli¬ 
cismo en Alemania. Ello significaba tener que dejar a 
un lado el problema religioso y concentrar todas las 

V _ 

fuerzas en la lucha por la unificación política del Reich. 

En cambio, si el emperador mantenía su alianza cji 
los príncipes católicos, podía abrigar esperanzas de res¬ 
taurar la unidad religiosa;, pero entonces tenía que hacer 
concesiones a los príncipes y ello significaba renunciar 
a un Reich unitario. 

Dadas las circunstancias, el emperador no podía so- 
lu ionar los dos problemas conjuntamente. Debía de¬ 
cidirse: o la unidad religiosa o la unión política; la 
verdad o el poder; la Iglesia o el Reich. Fernando II, 
profundamente piadoso, se decidió por el deber religio¬ 
so. -De común acuerdo con el partido católico, Fernan¬ 
do II promulgó en Regensburgo, en 1629, el Edicto de 
Restitución que ordenaba a los protestantes la devolu- 



UNA CRISIS HISTORICA 


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ción de 2 arzobispados, 12 obispados y 500 abadías. La 
plena realización del Edicto habría significado la eli¬ 
minación del protestantismo en Alemania. 

Sin embargo, el Edicto jamás fué ejecutado. Los prín¬ 
cipes pidieron el premio por el apoyo que habían pres¬ 
tado al emperador y lograron que éste destituyera a 
Wallenstein (1630), en el cual veían el principal peli¬ 
gro para su autonomía territorial. Al privarse Fernan¬ 
do II de su poderoso generalísimo, quedó reducido a la 
impotencia y bruscamente tuvo que descender de la alta 
cima en que se había encontrado un año antes. La des¬ 
titución de Wallenstein significó el triunfo del particu¬ 
larismo sobre las tendencias de unificación. 

La destitu:ión de Wallenstein resultó particularmente 
trágica, porque coincidió con la intervención del extran¬ 
jero en la contienda alemana. 

Los éxitos imperiales en el norte de Alemania signi¬ 
ficaban una amenaza para Suecia que, después de vio¬ 
lentas luchas, se había apoderado en los decenios an¬ 
teriores de Finlandia y Livonia, expulsando a Rusia y 
Polonia del Mar Báltico. Para completar el Dominium 
maris OBaltici, el rey sueco, Gustavo Adolfo, deseaba 
apoderarse también de Pomerania. Además, quería evi¬ 
tar que la Contrarreforma, después de triunfar en el 
norte d'e Alemania, penetrase también en los países 
escandinavios. 

Los éxitos imperiales en el Rhin significaban un pe¬ 
ligro para Francia. Richelieu, el omnipotente ministro 
de Luis XIII, miraba con honda preocupación el aumen¬ 
to del poderío imperial y, temiendo que se restableciese 
la situación vigente en los días de Carlos V, resolvió 
luchar con todos los medios por el aniquilamiento del 
poder Habsburgo. Sacrificando los ideales y deberes de 
la religión,, contrajo alianza con el rey sueco y le ofre¬ 
ció apoyo financiero. 




RICARDO KREBS 


6*0 


La guerra que había estallado en Bohemia y que en 
seguida se había propagado por toda Alemania, se con¬ 
virtió ahora en conflicto europeo. 

En el año 163*0, Gustavo Adoiíto desembarcó en el 
norte de Alemania y en triunfal campaña avanzó rᬠ
pidamente hasta Baviera. Wallenstein había caído en 
desgracia y el emperador no disponía de fuerzas mi¬ 
litares propias para oponerse al invasor. Nuevamente 
se tuvo que recurrir a la Santa Liga. Pero al confron¬ 
tarse Tilly con el rey sueco, perdió la batalla y la vida. 
En el curso de un año, la situación había cambiado ra¬ 
dicalmente. Si antes Fernando n y el catolicismo pa¬ 
recían haber -triunfado completamente, surgía ahora la 
posibilidad de quedar organizado un imperio protestan¬ 
te sueco-alemán. El peligro era grande y el empera¬ 
dor tuvo que recurrir nuevamente a Wqllenstein. En 
Lützen (1632) se encontraron los dos militares más des¬ 
tacados de la época. Gustavo Adolfo conquis-tó la vic¬ 
toria, pero tuvo que pagar el triunfo con su vida. 

A raíz de la muerte de Gustavo Adolfo se desorgani¬ 
zó, por el momento, el poderío sueco, y Richelieu temió 
que los sacrificios franceses hubiesen sido inútiles y 
que el emperador lograse imponerse nuevamente. Riche¬ 
lieu decidió entonces intervenir directamente en la lu¬ 
cha y envió sus mercenarios a Alemania. 

Wallenstein se convenció de que sería imposible para' 
el emperador conquistar el triunfo sobre las fuerzas 
combinadas de las potencias extranjeras, y propuso a 
Fernando II que se reconciliara con los protestantes 
para luchar al frente de una nación unida contra los 
invasores francesas y suecos. En efecto, ningún repro¬ 
che se podía hacer al emperador si buscaba sus venta¬ 
jas políticas en un mundo en que ya no pesaban los 
principios religiosos, en que se unía el rey cristianísimo 
de Francia y el Gran Cardenal con los protestantes 
suecos y alemanes, en que todos luchaban únicamente 



UNA CRISIS HISTORICA 


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por el poder. Sin embargo, Fernando II otra vez se man¬ 
tuvo fiel a lo que su conciencia moral y religiosa le im¬ 
ponía como supremo deber. Cuando Wallenstein, hom¬ 
bre sin escrúpulos y de enorme ambición, se enteró de 
que no podía contar con el apoyo del emperador, buscó 
la alianza con los suecos. Las últimas aspiraciones de 
Wallenstein son desconocidas, pero parece que soñó con 
establecer su propio dominio sobre Alemania. Mas, por 
grande que era el poder del ambicioso condotiero y por 
caóticos que eran los tiempos, no pudo proceder solo 
y sin aquella legitimidad que le conferia el emperador. 
El intento de rebelarse fué su perdición. Fué proscrito 
por “infidelidad y conspiración” y luego asesinado (1934). 

Con Wallenstein desapareció la última figura militar 
sobresaliente, capaz de dar a la guerra una orientación 
definida. En el decenio siguiente, Alemania fué la víc¬ 
tima de los ejércitos extranjeros y el campo de batalla 
donde las grandes potencias decidían la lucha por la 
hegemonía sobre el continente. 

En su última fase, la Gran Guerra fué un conflicto 
europeo en que Francia trató de aniquilar el poderío 
Habsburgo. Y la Guerra sólo terminó cuando el extran¬ 
jero había alcanzado los fines por los cuales había in¬ 
tervenido en la contienda. 

En la paz de Westfalia, Suecia obtuvo Pomerania, 
Bremen y Verden, completando así el dominio sobre el 
mar Báltico y obteniendo el control sobre los puertos 
y las desembocaduras de todos los ríos del norte de 
Alemania. 

Francia obtuvo las importantes ciudades y plazas 
fuertes de Metz, Toul y Verdun y extensas regiones de 
Alsacia, acercándose así al Rhin, el cual, según la secu¬ 
lar aspiración de la política internacional francesa, de¬ 
bía convertirse en frontera de Francia en el este, como 
lo había señalado ya en el siglo XII el rey Felipe EC 





62 


RICARDO KREBS 


Augusto y como nuevamente lo había exigido Riehelieu 
en su célebre memoria para Luis XHI, en 1629. 

En el tratado de paz se consignaron aún otras pér¬ 
didas territoriales para el Reich: la independencia de 
Suiza y de los Países Bajos fué reconocida por el de¬ 
recho internacional. La cuenca del Rhin fué fracciona¬ 
da políticamente. El curso superior y la desembocadura 
del río, este nervio vital de la economía de la Europa 
central, quedaron separados del Reich. Alemania quedó 
separada de los océanos y de ultramar y excluida del 
comercio mundial. 

Pero el aspecto más trágico de la paz de Westfalia — 
desde el punto de vista alemán— fué el hecho de que 
no se solucionara ninguno de los dos problemas por los 
cuales se había iniciado la Gran Guerra. 

El problema religioso fué decidido sobre la base de 
la paz de Augs.burgo: se reconoció la paridad legal de 
las confesiones. Se perpetuó así la escisión religiosa. La 
nación alemana, la única en Europa, quedó dividida 
confesionalmente. 

Políticamente, significó la paz de Westfalia el certi¬ 
ficado de defunción del Reich. Los Estados territoriales 
recibieron el ius foederis, o sea, el derecho de pactar 
alianzas con potencias extranjeras. A la autonomía in¬ 
terna que habían conquistado en los siglos anteriores, j 
añadieron ahora la soberanía externa. El título impe¬ 
rial fué en adelante un nombre vacío. Alemania se di- 

m 

solvió en una masa confusa de 350 Estados particulares. 
La nación alemana quedó sin Estado, al propio tiempo 
que en la Europa occidental se formaban las poderosas 
monarquías unitarias sobre una base nacional. 

Como “potencias garantizadoras” de la paz, obtuvie- ¡ 
ron Francia y Suecia el derecho de controlar permanen- ] 
teniente a Alemania. La división política de Alemania 
quedó así perpetuada y fué reconocida- por el derecho 
internacional; y éualquier intento de alterar el estado J 




UNA CRISIS HISTORICA 


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de cosas y restablecer la unidad política de Alemania 
debía conducir fatalmente a un conflicto internacional. 

■El Santo Imeprio había muerto. No sólo había sido 
reducido a la impotencia; no era únicamente que el 
emperador había tenido que ceder toda su autoridad en 
manos de loe príncipes; no era sólo que Alemania había 
caído ahora bajo el control extranjero; lo esencial era 
que el Reich había perdido toda su fuerza ideal y todo 
contenido espiritual. El Imperio dejó de ser el Santo 
Imperio en el momento de reconocer la paridad de las 
religiones. Dos, tres y más confesiones eran reconocidas 
como igualmente válidas por el derecho imperial y to¬ 
das ellas debían ser toleradas. Ello significaba que el 
Imperio ya - no podía ser servidor de ninguna verdad, 
ni de ideal alguno. El Reich estaba muerto como idea 
y como institución. 

Y no sólo había muerto el Reich, sino que llegaba a 
su fin la Contrarreforma y caían destrozados definiti¬ 
vamente aquellos principios e ideales que habían im¬ 
pulsado a los pueblos europeos desde que Constantino 
el Grande había reconocido el cristianismo, producién¬ 
dose la fusión del Imperio y Ta Iglesia. La Contrarre¬ 
forma fué el último intento en la historia de Occiden¬ 
te de organizar la sociedad, el Estado y la cultura sobre 
una base religiosa, centrando la existencia terrena en 
Dios. En el curso de las apasionadas luchas confesiona¬ 
les, se debilitó el fervor religioso y finalmente se esta¬ 
bleció la paz entre las confesiones. La religión quedó 
relegada a la esfera de la conciencia privada y la Igle¬ 
sia dejó c’e ser el dirigente de la sociedad y la cultura. 
La política y la economía, las artes y ciencias se des¬ 
arrollarían en adelante de acuerdo con süs cualidades 
y finalidades inmanentes y la civilización adquiriría un 
carácter humanístico y mundano. 

Del caos que se produjo a raíz de la desintegración 
de la civilización medioeval salió como potencia triun- 






RICARDO KREBS 


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fante el Estado, el “dios” de la Epoca Moderna: omni¬ 
potente en el interior y soberano con respecto al exte¬ 
rior, sin reconocer ninguna autoridad superior 
La Paz de Westfalia -fué el resultado de todas estas 
nuevas fuerzas y tendencias. Muerto el Santo Imperio, 
se trató de organizar la paz europea sobre la base del 
equilibrio entre las principales potencias. El Estado se 
convirtió en institución netamente temporal, y el “con¬ 
cierto” europeo debia sustituir al imperio universal. 




RICARDO 


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